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PRESENTACIÓN INSTITUCIONAL

INTRODUCCIÓN

La Educación Familiar es la actividad educativa que los padres realizan con sus hijos y la tarea llevada a cabo por profesionales para suplir a los padres. Desde esta perspectiva, se puede contemplar desde dos dimensiones:
1) Las prácticas educativas realizadas por los padres con sus hijos en el hogar
2) Las actividades de atención a menores desarrollado por distintos profesionales, fuera del ámbito familiar.
Esta página está dirigida a: Profesionales, Educadores, Investigadores y a Personas interesadas por el ámbito de la educación familiar. Los objetivos principales de la misma son:
Intercambiar experiencias de nuevas formas educativas en el ámbito familiar.
Descubrir las nuevas necesidades afectivas, cognitivas y sociales de todos los miembros de la familia.
Fomentar la interacción entre padres e hijos con los nuevos medios informáticos y tecnológicos.
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lunes, 5 de mayo de 2008

Un análisis del concepto de familia monoparentala partir de una investigación sobre núcleosfamiliares monoparentales

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Papers 69, 2003 59-82
Un análisis del concepto de familia monoparental
a partir de una investigación sobre núcleos
familiares monoparentales
Carmen Rodríguez Sumaza
Universidad de Valladolid. Departamento de Sociología y Trabajo Social
Tomasa Luengo Rodríguez
Universidad de Valladolid. Departamento de Psicología
Resumen
El presente artículo busca profundizar en una de las cuestiones más complejas y contro-
vertidas pero quizás menos debatidas de la monoparentalidad: el propio concepto de fami-
lia monoparental. Para ello se parte de una definición inicial de familia monoparental que,
obtenida tras una revisión del marco teórico existente, sirvió tanto de instrumento de aná-
lisis de la monoparentalidad en el marco de una investigación sobre núcleos familiares
monoparentales en Castilla y León, como de hipótesis de partida para la explicación de
dicho fenómeno. A continuación, se expone el marco metodológico en el que dicho con-
cepto fue sometido a prueba y se revisa la medida en que los rasgos más significativos del
concepto reflejaron la realidad de la monoparentalidad en dicha comunidad autónoma.
Finalmente, se hace una reflexión sobre el concepto empleado y se apuntan las principales
limitaciones que presenta, en un intento de contribuir a la mejora del concepto como
herramienta del análisis científico.
Palabras clave: familia monoparental, evaluación de conceptos.
Abstract: An analysis of the concept of lone parent family from an investigation on lone parent
family units
The purpose of this paper is to deepen in one of the most complex and less debated ques-
tions of loneparethood, the concept of lone parent family itself. We begin with a defini-
tion that, obtained from a review of the literature, was used in an empirical research on
lone parent families in Castilla y León. Next, we explain the methodological framework
in which the concept was tested and review the features of the concept that best captured
the reality of lone parent families in that region. Finally, we discuss the results and point to
its most important limitations with the goal of improving the concept as a tool for scien-
tific analysis.
Key words: Lone parent family, concept evaluation.
Page 2
1. Introducción
Uno de los cambios más significativos experimentados por las estructuras
familiares en España en los últimos años lo constituye el importante incre-
mento del número de hogares compuestos por al menos un núcleo familiar
monoparental y del número de personas residiendo en hogares con dichas
características. Este fenómeno se enmarca en un proceso de creciente plura-
lización de las estrategias de convivencia de los españoles. Por un lado, per-
siste el modelo tradicional de familia nuclear conyugal, constituida por un
matrimonio con o sin descendencia. Este modelo familiar no sólo sigue sien-
do predominante, sino que sigue constituyendo un modelo mayoritario de
referencia para buena parte de la población. Por otro lado, junto al papel hege-
mónico de la familia nuclear, se asiste también a una creciente diversificación
de fórmulas alternativas de convivencia, como son, entre otras, los hogares
unipersonales, los hogares sin núcleo familiar y los hogares que albergan un
núcleo monoparental, todo ello a costa de una disminución en el número de
hogares complejos.
En este contexto, el fenómeno de la monoparentalidad ha venido acapa-
rando progresivamente el interés de los estudiosos de la familia en nuestro país
en las dos últimas décadas. La mayoría de los análisis practicados, apoyados
en la explotación de fuentes estadísticas oficiales (censos de población, encues-
tas de población activa) o encuestas especiales sobre familias, trabajo, usos del
tiempo, hogares pobres, etc., han ido aportando información valiosa y nece-
saria sobre el volumen, las características sociodemográficas de los progenito-
res y sus hijos y sus condiciones de vida. Otros trabajos han analizado tam-
bién los escenarios ideológicos y sociales que han rodeado y rodean la
monoparentalidad y las respuestas públicas existentes para resolver las deman-
das y necesidades de estas familias. Con todo ello no se podría aún decir que
el grado de conocimiento de que se dispone en la actualidad sobre la realidad
de las familias monoparentales en España sea ni suficiente ni similar al exis-
tente en otros países de nuestro entorno socioeconómico, donde, seguramen-
60 Papers 69, 2003
Carmen Rodríguez Sumaza, Tomasa Luengo Rodríguez
Sumario
1. Introducción
2. La investigación sobre núcleos familiares
monoparentales en Castilla y León
3. Las familias monoparentales como objeto
de estudio: algunas dificultades para la
identificación y acotación del grupo
4. El proceso de búsqueda e identificación
de los rasgos de la monoparentalidad
5. El concepto operativo de familia
monoparental empleado en la investigación
6. El concepto como hipótesis de trabajo
y el proceso de investigación como
proceso de evaluación
7. El concepto de familia monoparental
a la luz de los rasgos de la
monoparentalidad en Castilla y León
8. Consideraciones finales
Bibliografía
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te debido a que el fenómeno de la monoparentalidad es más antiguo y fre-
cuente, existe no sólo una importante tradición en el análisis de sus múltiples
dimensiones, sino que existe además un amplio debate social y político sobre
el mismo, como es el caso del Reino Unido o los países nórdicos.
El trabajo que a continuación se presenta pretende retomar una de las cues-
tiones más complejas y controvertidas pero quizás menos debatidas de la mono-
parentalidad, el propio concepto de familia monoparental. Son muchos los
autores que resaltan en sus trabajos los problemas de definición y alcance del
término (Iglesias de Ussel, 1998), la dificultad de partida que supone el hecho
de que no exista una definición única y clara de familia monoparental (More-
no Mínguez, 2000), la confusión existente entre los conceptos de familia, hoga-
res y núcleos monoparentales (Durán, 1988; Almeda y Flaquer, 1995), las difi-
cultades de conceptualizar una realidad compleja (Fernández Cordón y Tobío
Soler, 1998; Rodríguez Sumaza y Luengo Rodríguez, dirs., 2000), el alto grado
de imprecisión del concepto (Fernández Cordón y Tobío Soler, 1999) o que
planteen incluso que el concepto de familia monoparental no constituye una
categoría adecuada para el análisis del fenómeno (Lefaucheur, 1988). Se echa
sin embargo de menos un ejercicio más amplio de reflexión sobre la propia
capacidad de los conceptos habituales de «familia monoparental» para servir
de instrumento de análisis de la monoparentalidad. Este ejercicio es relevante,
pues, como apunta Rodríguez Sumaza (2001a y 2001b), entender cómo está
definida públicamente la monoparentalidad puede ayudar, entre otras cues-
tiones, a comprender mejor la controvertida presencia del tema en los deba-
tes públicos y, en última instancia, el nivel de apoyo a estas familias.
Decía Weber que al interpretar las acciones de los sujetos hemos de ser
conscientes de que «aquellos conceptos empleados tanto por el lenguaje coti-
diano como por el de los juristas (y también por el de otros profesionales), son
representaciones de algo que, en parte, existe y, en parte, se presenta como un
deber ser en la mente de hombres concretos […], la acción de los cuales orien-
tan realmente» (Weber, 1969: 12-13). Al hilo de esta afirmación, cabe pre-
guntarse ¿hasta qué punto los conceptos que manejamos son reflejo de algo
que tiene entidad por sí mismo?, ¿hasta qué punto son construcciones artificiales
diseñadas a modo de instrumentos analíticos para facilitar la comprensión de
los hechos, pero que a la vez condicionan su aproximación? El presente traba-
jo tiene como objetivo el análisis de un concepto de familia monoparental a
partir del estudio de las dimensiones más significativas de la monoparentali-
dad detectadas en el transcurso de una investigación realizada sobre núcleos
familiares monoparentales en Castilla y León.
El ejercicio que inicialmente se plantea no está exento de dificultades, pero
para redimensionar sus pretensiones es importante insistir en el hecho de que
no se busca tanto ofrecer un concepto alternativo a los habitualmente empleados
en la literatura científica, como identificar y profundizar en algunas de las limi-
taciones de los mismos a la hora de reflejar una realidad compleja y diversa.
Somos conscientes de que los conceptos no son la realidad, y eso es algo que no
les podemos echar en cara. Simplemente consideramos que la reflexión sobre
Un análisis del concepto de familia monoparental
Papers 69, 2003 61
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las debilidades de los conceptos constituye un mecanismo para la mejora de
estos instrumentos básicos del discurso científico.
La necesidad de reflexionar específicamente sobre el concepto de familia
monoparental surge al hilo de los trabajos realizados en el marco de un pro-
yecto de investigación sobre núcleos familiares monoparentales en Castilla y
León. Como dicha investigación constituye el contexto a partir del cual se pro-
cede a la revisión del concepto, el artículo comienza describiendo muy breve-
mente lo que fueron sus objetivos principales.
Los dos siguientes apartados se centran en las dificultades de acotar a las
familias monoparentales como objeto de estudio y el procedimiento emplea-
do para elaborar una definición operacional de familia monoparental a partir
del análisis de los rasgos de la monoparentalidad deducidos de las definicio-
nes más habituales encontradas en la bibliografía científica existente en el con-
texto español en el momento en que se llevó a cabo la investigación.
El concepto de familia monoparental resultante, que fue empleado en el
citado estudio, es analizado a continuación a partir de las conclusiones deri-
vadas del proceso de investigación y del propio contacto con los padres y las
madres que fueron entrevistados. Para ello, en el apartado sexto se presenta el
concepto como una hipótesis de trabajo y el proceso de investigación como
un proceso de evaluación. Las limitaciones del concepto que fueron progresi-
vamente detectándose son expuestas finalmente en el epígrafe 7.
El análisis practicado nos lleva a concluir que el concepto de partida, que
tenía la virtud de integrar las dimensiones de la monoparentalidad más habi-
tualmente consideradas por los estudiosos del tema y que nos permitió cier-
tamente aproximarnos a las estructuras familiares monoparentales, presenta
también importantes limitaciones. El proceso de investigación puso en evi-
dencia que el fenómeno de la monoparentalidad es ciertamente complejo y
poliédrico. Difícilmente se puede hablar así de la familia monoparental como
un tipo posible de forma familiar, cuando en la realidad nos encontramos con
diferentes tipos de familias monoparentales como consecuencia de que las per-
sonas acceden a la monoparentalidad por vías muy diversas, disponen de apren-
dizajes sociales diferentes, son distintas las situaciones sociales a las que a dia-
rio se enfrentan y es plural el significado que los hechos tienen para sus
miembros.
Tras la denominación simplificadora de familia monoparental se esconde
un panorama complejo y diverso de estrategias familiares que probablemente
tienen menos cosas en común que las que comparten (diferentes experiencias,
identidades, contenidos, situación socioeconómica, relaciones, etc.). Todo ello
constituye una verdadera invitación a revisar, o cuando menos a discutir, los
conceptos habituales de familia monoparental. Esta cuestión refuerza la idea
de que resulta preciso hacer investigaciones específicas de cada subtipología
de familia monoparental para conseguir un conocimiento más profundo del
fenómeno de la monoparentalidad, lo que constituye todo un reto para la
sociología de la familia (Mora, 2001).
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Carmen Rodríguez Sumaza, Tomasa Luengo Rodríguez
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2. La investigación sobre núcleos familiares monoparentales
en Castilla y León
El análisis del concepto de familia monoparental que aquí se presenta surge
de la necesidad de retomar una serie de interrogantes surgidos a partir de una
investigación sobre núcleos familiares monoparentales en Castilla y León
1
.
Este trabajo constituye, pues, el contexto a partir del cual se procede a la revi-
sión del concepto de familia monoparental, por lo que a continuación se expli-
ca lo que fueron sus objetivos principales.
La investigación se planteó como objetivo central el análisis de la situación
actual y las características de los individuos integrantes de núcleos familiares
monoparentales en una comunidad autónoma donde, en sintonía con lo ocu-
rrido a nivel nacional y europeo, se asistía a un auge de estas estrategias de con-
vivencia, si bien a un ritmo más moderado. Hay que señalar que el fenóme-
no de la monoparentalidad en Castilla y León fue interpretado en el marco de
los cambios ocurridos en las estructuras familiares en las últimas décadas en
España y en el resto de Europa, realizándose una estimación cuantitativa de la
importancia de estas formas familiares en la comunidad autónoma de refe-
rencia.
En el estudio se analizaron cuestiones tan variadas y complejas como son la
propia naturaleza de la monoparentalidad en la región, la estructura de los
hogares monoparentales, los contenidos relacionales de este tipo de familias,
la importancia del hogar como espacio básico de la vida en familia, el nivel
educativo y la situación laboral de los adultos al frente de los núcleos mono-
parentales, la situación económica del grupo, la disponibilidad de tiempo libre,
el grado de asociacionismo y de participación ciudadana de los progenitores
y la capacidad ordinaria de las unidades familiares monoparentales para dar
cobertura a las distintas necesidades que el grupo y sus miembros tienen. Se
analizó también la percepción de los progenitores acerca de las principales ven-
tajas y dificultades derivadas de la situación de monoparentalidad.
En el difícil intento de conocer y explicar los comportamientos, los signi-
ficados y las experiencias subjetivas de los padres y madres, se diseñó una meto-
dología de recogida de información de carácter eminentemente cualitativo, si
bien se combinaron técnicas cualitativas y cuantitativas. El análisis practicado
primó el estudio de la vida cotidiana tomando como unidad de referencia el
individuo y prestó una atención fundamental a lo que pensaban y opinaban
los protagonistas, al tiempo que se recurrió también al estudio de sus com-
portamientos. Se buscó fundamentalmente con ello analizar, en primer lugar,
la experiencia subjetiva de la monoparentalidad vivida por estos padres y madres
en Castilla y León y, a partir de esto, comprender y explicar su experiencia en
base a la información que ellos mismos proporcionaron. También se intentó
hacer una lectura de algunas de sus prácticas más habituales, como la forma
Un análisis del concepto de familia monoparental
Papers 69, 2003 63
1. Los resultados del trabajo mencionado se pueden encontrar en R
ODRÍGUEZ
S
UMAZA
, C. y
L
UENGO
R
ODRÍGUEZ
,T. (dirs.) (2000).
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en que se estructuraban los hogares monoparentales o algunas de las estrate-
gias emprendidas por el grupo (de carácter económico, residencial, social, etc.)
y que eran empíricamente observables.
3. Las familias monoparentales como objeto de estudio:
algunas dificultades para la identificación y acotación del grupo
La delimitación clara y rigurosa de lo que se va a considerar objeto de análisis
en una investigación social tiene una importancia decisiva respecto al valor del
estudio en cuestión. En un estudio sociológico la unidad básica de análisis es
el grupo identificado y, para poder identificar un grupo, es requisito previo
definirlo y acotarlo lo más precisa y operativamente posible.
En el caso concreto del trabajo realizado sobre núcleos familiares mono-
parentales en Castilla y León, el grupo objeto de estudio era la familia mono-
parental. La tarea de identificación de dicho grupo no era fácil, y ello por varias
razones. En primer lugar, porque el propio objeto genérico de análisis —la
familia— es una realidad dinámica y compleja. Resulta cambiante porque con
el tiempo varían tanto las formas como los contenidos de lo que se entiende
por familia. Y es también multifacética, al ser muchos los aspectos que confi-
guran el panorama familiar (relacionales, culturales, políticos, económicos,
jurídicos, religiosos, personales, etc.). Asimismo, nos encontramos ante una
institución —la familia— cuyos contenidos varían no sólo con el tiempo, sino
también con el espacio, existiendo una gran diversidad de modelos familiares
en cada sociedad y en cada cultura. Es debido fundamentalmente a estas cues-
tiones que no existe un concepto único y universal de familia (y por tanto de
familia monoparental) que permita incorporar o integrar la rica variedad de
relaciones, contenidos, estructuras, experiencias y funciones que caracterizan a
los sistemas familiares.
En el intento de acotar a las familias monoparentales como objeto de estu-
dio se añaden a las dificultades mencionadas otras circunstancias adicionales.
Estamos, como se verá más adelante con detalle, ante un grupo que experi-
menta procesos y situaciones muy variadas y que no solamente son vividos de
muy distinta manera por los propios sujetos que los protagonizan, sino que
han sido y son interpretados de muy diferente modo por los colectivos y las
sociedades a las que éstos pertenecen (McIntosh, 1996; Lewis, 1999). Hasta
hace bien poco tiempo las distintas situaciones familiares monoparentales reci-
bían un tratamiento social muy diferente. Así, frente al respeto, la protección
social y un cierto prestigio social de los que frecuentemente han disfrutado las
viudas, las madres solteras, en cambio, han sido objeto frecuente de desprecio
y discriminación.
Otro elemento que introduce una especial dificultad en la acotación de la
monoparentalidad es su propia temporalidad. Como señalan Fernández Cor-
dón y Tobío Soler (1998) a partir de las investigaciones realizadas por Martín
(1994) y Duncan y otros (1994), una parte importante de la población expe-
rimenta a lo largo de su vida diversas situaciones de monoparentalidad, tanto
64 Papers 69, 2003
Carmen Rodríguez Sumaza, Tomasa Luengo Rodríguez
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como hijo o como progenitor, pero que generalmente representan una fase de
trayectorias en las que el individuo se integra en diferentes tipos de familia.
Nos encontramos así con que no todas las estructuras familiares monoparen-
tales tienen un carácter necesariamente permanente
2
. Quiere esto decir también
que cualquier análisis de corte transversal que se practique para analizar el fenó-
meno de la monoparentalidad sólo permitirá captar, en el mejor de los supues-
tos, los casos existentes a la fecha de referencia. Esta cuestión ciertamente no es
exclusiva del estudio de las familias monoparentales, pero no por ello hay que
dejar de mencionarla.
En síntesis, la acotación de las familias monoparentales como objeto de
estudio adolece de entrada de una especial complejidad al integrar situaciones
familiares y sociales muy diversas, algunas de las cuales siempre han existido
(madres solteras, progenitores viudos), mientras que otras son más nuevas
(padres/madres separados, divorciados o adoptivos), presentando todas ellas
una importancia relativa variable en estos últimos años.
4. El proceso de búsqueda e identificación de los rasgos
de la monoparentalidad
Con el fin de delimitar el objeto de estudio, las familias monoparentales, se
partió en un primer momento de una serie de definiciones procedentes de
investigaciones existentes en el contexto español, en la confianza de que recu-
rriendo al método comparativo se estaba en mejores condiciones para identi-
ficar e integrar los rasgos más habitualmente considerados por otros autores
como propios de estas familias.
A continuación se ofrece un cuadro que contiene algunas de las principa-
les definiciones de familia monoparental encontradas en la literatura revisada
y que sirvieron de punto de partida de este intento de acotar el objeto de la
investigación (cuadro 1). Somos conscientes de que en el cuadro se recoge sin-
tética y estrictamente lo que fue presentado por cada autor como definición
del concepto, con lo que se pierden las aportaciones complementarias a la
estricta definición que a lo largo de la obra de cada autor pueden encontrarse.
No obstante, esta síntesis ofrece la ventaja de ofrecer una visión panorámica
inicial del objeto genérico de estudio en base a investigaciones previas.
A partir de las diferentes definiciones encontradas, se realizó un estudio
comparativo para detectar las diferencias entre ellas y, fundamentalmente, las
características más frecuentes. En el cuadro 2 se presenta un esquema de los
principales rasgos que los autores estudiados habían empleado para caracterizar
Un análisis del concepto de familia monoparental
Papers 69, 2003 65
2. Algunos estudios realizados en el Reino Unido han constatado que una proporción rele-
vante de familias monoparentales cambia de estructura familiar en menos de cinco años
(Ford, Marsh y Mckay, 1995; ESRC, 1994, y Noble, Smith y Cheung, 1998), estando la
duración media de la estructura monoparental en estrecha relación con las características
personales de los progenitores (estado civil, edad, nivel de estudios, número de hijos, etc.)
(Ermish, Jenkins y Wright, 1990).
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66 Papers 69, 2003
Carmen Rodríguez Sumaza, Tomasa Luengo Rodríguez
Cuadro 1. Algunas definiciones de familia monoparental
Autor/es
Definición
Consejo de Europa
(1995)
Alberdi, I.
(1988: 101)
Borrajo Iniesta, S.
(1988: 43)
Duran, Mª A.
(1988: 16)
Iglesias de Ussel, J.
(1988a: 28)
Le Gall, D. y Martín, C.
(1988: 195)
Sayn, I.
(1988: 203)
Comisión Europea
(1989)
Roll, J.
(1992: 160-161)
Almeda, E. y Flaquer, L.
(1995: 26)
Iglesias de Ussel, J.
(1998: 237)
Comisión de los
Derechos de la Mujer
(1998)
Toda familia constituida por un solo progenitor y uno o más hijos.
Familia encabezada por una sola persona adulta, hombre o mujer, y en la que
hay más miembros que dependen económicamente y socialmente de ella.
Familia formada por un adulto que vive sólo con uno o más hijos a su cargo y
que en su formación ha de haber seguido una de las tres vías siguientes:
— Fallecimiento en un matrimonio con hijos pequeños de uno de los cón-
yuges.
— Ruptura de la pareja con hijos menores por conflicto entre sus miembros,
quedando los hijos en la custodia de uno de los padres.
— Madre soltera con uno o más hijos nacidos fuera del matrimonio.
Hogares en los que un solo adulto asume por necesidad el cuidado de sus hijos
menores de edad.
Convivencia de un solo miembro de la pareja —varón o mujer— con hijos
no emancipados.
Hogares compuestos por una persona (hombre o mujer) que vive sola con uno
o más niños.
Las formadas por un solo progenitor responsable directo de la custodia de los
menores.
Progenitor que sin convivir con su cónyuge ni cohabitando con otra persona, con-
vive al menos con un hijo dependiente y soltero.
Un padre o madre que no vive en pareja (entendiendo pareja casada o que
cohabite). Puede vivir o no con otras personas (amigos, padres) y vive al menos
con un hijo menor de 18 años (distinto de hijo dependiente).
El término «hijo dependiente» implica que el hijo todavía sigue siendo
educado en algún sentido, pero también que es económicamente depen-
diente.
La configuración formada por un progenitor (padre o madre) con alguno de
sus hijos solteros.
Un núcleo familiar monoparental puede constituir en sí un hogar indepen-
diente (un hogar monoparental) o bien puede estar formado de un hogar más
amplio en el que residen otros núcleos o parientes.
Situación familiar de convivencia de uno o de varios hijos menores —gene-
ralmente menores de 18 años— con uno sólo de sus progenitores, sea el padre
o la madre, por cualquier causa.
Los estudios revelan una imagen sumamente compleja y variada de estruc-
turas sociales y de ayuda para los hijos y el progenitor solo, demasiado
diversas entre sí como para crear una imagen homogénea. La familia mono-
parental puede tener su origen en situaciones muy diversas. En la mayoría
de los casos el progenitor solo se encuentra en una situación muy vulnerable,
teniendo que hacer frente a responsabilidades por partida doble en cali-
dad de proveedor del sustento y cuidador de la familia.
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U
n
análisis del concepto de familia monopar
ental
P
apers 69, 2003
67
Cuadro 2. Características presentes en algunas definiciones de familia monoparental
Características de las familias monoparentales
Convivencia
Un solo
Edad
Sexo
Presencia
Edad
Estado civil Dependencia
Tipo de
con otras Heterogeneidad
Autores
progenitor progenitor progenitor
hijos
hijos
hijos
hijos
dependencia personas
en las causas
Consejo de Europa
(1985)
x
x
Alberdi, I. (1988)
x
x
x
x
x
Borrajo Iniesta, S.
(1988)
x
x
x
x
x
x
Durán, Mª A. (1988)
x
x
x
x
x
Iglesias de Ussel, J.
(1988)
x
x
x
x
Legall, D. y Martín, C.
(1988)
x
x
x
x
Sayn, I. (1988)
x
x
x
x
Comisión Europea
(1989)
x
x
x
x
x
Roll, J. (1992)
x
x
x
x
x
x
Almeda, E. y Flaquer, L.
(1995)
x
x
x
x
Iglesias de Ussel, J.
(1998)
x
x
x
x
x
Comisión de los
Derechos de la Mujer
(1998)
x
x
x
x
x
Page 10
a las familias monoparentales. Es importante insistir en el hecho de que en la
mayoría de las obras de las que fueron extraídas las definiciones ofrecidas pueden
llegar a descubrirse gran parte de otros rasgos posibles, por lo que podría llevar a
error suponer que determinados autores no contemplan algunas características
que no aparecen de forma explícita dentro del concepto. Ésta es sin duda una
limitación propia de todo ejercicio de síntesis. Pero también hay que tener pre-
sente que cuando un autor ha querido definir la realidad compleja de la familia
monoparental, ha practicado una determinada selección de rasgos que ha consi-
derado como más relevantes, y éstos son los que nosotros hemos analizado.
A la vista del análisis practicado, los elementos más significativos de las
distintas definiciones de familia monoparental manejadas resultaron ser los
siguientes:
1. La presencia de un solo progenitor en el hogar familiar
La no convivencia en pareja parece ser una de las condiciones fundamen-
tales para que una familia pueda ser considerada como monoparental. Existe
consenso casi absoluto entre los autores revisados en que el grupo se organiza
en torno a un solo progenitor, que puede ser hombre o mujer, y en la mayoría
de los casos adulto.
Pocas definiciones asumen explícitamente que este progenitor pueda com-
partir espacio o cohabitar con otras personas sin que el grupo familiar pierda
su condición de monoparentalidad (Rol, 1992; Almeda y Flaquer, 1995).
Domina, pues, la idea de que cuando junto al núcleo monoparental convive la
nueva pareja del progenitor estamos ante una de las situaciones que da por
finalizada la monoparentalidad, pasando a configurar lo que se conoce como
«familia reconstituida» (Iglesias de Ussel, 1998: 237).
2. La presencia de uno o varios hijos en el hogar familiar
Todas las definiciones estudiadas completan el grupo familiar con uno o
varios hijos a cargo del adulto responsable de la familia. La presencia viene a defi-
nirse en términos físicos, resultando por tanto necesaria la corresidencia habi-
tual en el hogar familiar.
3. La dependencia de los hijos
Otro elemento fundamental del concepto de monoparentalidad es la carga
o dependencia de los hijos respecto del adulto, implícita en todas las defini-
ciones recogidas. Las diferencias se refieren a ciertos criterios que van a defi-
nir esa dependencia, entre ellos la edad y el estado civil de los hijos. Lo más
frecuente es definir una edad por debajo de la cual se considera que todos los
hijos son dependientes. En la mayor parte de los trabajos revisados esta edad se
sitúa en torno a la mayoría de edad (los 18 años en el caso español), excepto en
aquéllos que elevan la edad recurriendo a la idea de «hijos no emancipados»,
ampliando el grupo hasta los 25 años.
En esta última línea se manifiestan Almeda y Flaquer (1995) justificando
la dependencia por la función socializadora que cumple todo grupo familiar, y
68 Papers 69, 2003
Carmen Rodríguez Sumaza, Tomasa Luengo Rodríguez
Page 11
señalando que «la maduración cada vez más tardía de los jóvenes debido a la pro-
longación de sus estudios, a su difícil inserción en el mercado de trabajo y a
la crisis de la vivienda aconsejan elevar ese límite hasta los 25 años». Otro matiz
importante en la línea iniciada en 1989 desde la Comisión Europea la apor-
tan estos autores, al introducir la condición de que los hijos sean solteros.
4. Heterogeneidad en las causas que derivan la monoparentalidad
Por último, la complejidad de la monoparentalidad viene dada por la diver-
sidad de circunstancias que en las sociedades actuales pueden generar familias
monoparentales. A situaciones que vienen de antiguo —como la procreación
fuera del matrimonio, la viudedad o la separación de la pareja por motivos
laborales, enfermedad o privación de libertad— se suman situaciones nuevas,
consecuencia de las separaciones conyugales y el divorcio. Emergiendo con
fuerza asistimos también en la actualidad a un nuevo tipo de monoparentali-
dad derivada del marco legal: la adopción por parte de un solo adulto.
Esta diversidad de circunstancias origina familias muy heterogéneas en
cuanto a su naturaleza y a su desarrollo cotidiano. En este sentido, la tipología
propuesta por Iglesias de Ussel (1988: 28) es clarificadora, pues permite cla-
sificar las principales circunstancias que dan lugar a la monoparentalidad en
las cuatro categorías siguientes:
a) Monoparentalidad vinculada a la natalidad, circunstancia que derivará los
núcleos monoparentales de las madres solteras.
b) Monoparentalidad vinculada a la relación matrimonial, categoría que acoge el
gran abanico de situaciones de ruptura voluntaria e involuntaria de la pareja.
c) Monoparentalidad vinculada al ordenamiento jurídico, tipología que acoge
la maternidad y paternidad social a través de los procesos de adopción.
d) Monoparentalidad vinculada a situaciones sociales y cuya naturaleza se fun-
damenta en la ausencia de uno de los cónyuges por motivos de trabajo, pri-
vación de libertad, enfermedades prolongadas y emigración.
5. El concepto operativo de familia monoparental empleado
en la investigación
A partir de la revisión de los rasgos de la monoparentalidad considerados como
fundamentales en las definiciones revisadas, teniendo en cuenta también los
propios objetivos del proyecto y la información procedente de la fase explora-
toria del estudio, las familias monoparentales quedaron definidas en términos
de la investigación en Castilla y León de la siguiente manera:
Familia monoparental es todo núcleo familiar constituido por un hombre o
una mujer viviendo al menos con uno o varios hijos menores de 18 años a su
cargo o que, superando esa edad pero siendo menores de 26 años, presenten
alguna circunstancia o algún tipo de minusvalía que haga que la relación de
dependencia en sus aspectos instrumentales se mantenga.
Un análisis del concepto de familia monoparental
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La población objeto de estudio fue definida así como el «conjunto de los
padres y madres que no viven en pareja pero conviven con hijos e hijas depen-
dientes a su cargo, y residentes en los ámbitos rural, semiurbano y urbano de
las nueve provincias de la Comunidad Autónoma de Castilla y León». La defi-
nición operacional de familia monoparental exigía de este modo que, para que
un grupo familiar pudiera ser considerado como un caso de monoparentali-
dad, éste satisfaciera los criterios siguientes:
A. Al frente del núcleo monoparental debía haber únicamente un progenitor
Esta circunstancia, desde un punto de vista formal, puede ser el resul-
tado de:
A.1. Un proceso de cambio familiar que obliga a una reestructuración de la
unidad familiar por:
— Ausencia definitiva derivada del fallecimiento de uno de los miem-
bros de la pareja.
— Ausencia derivada de la ruptura de la pareja.
— Ausencia temporal ocasionada por motivos laborales, de salud o por
la encarcelación de uno de los progenitores.
A.2. Un acceso a la monoparentalidad vía la maternidad/paternidad direc-
ta, biológica (madres solteras) o por adopción.
B. La adultez del progenitor
Sólo se consideraron los padres y madres mayores de edad.
C. La presencia en el núcleo familiar de uno o varios hijos.
D. La dependencia de los hijos respecto del progenitor custodio
Los límites de la dependencia fueron acotados por la edad de los hijos,
su situación económica y sus capacidades. Así, se consideró que los hijos
son dependientes en los casos siguientes:
D.1. Hijos menores de 18 años, con independencia de sus capacidades físi-
cas e intelectuales.
D.2. Hijos entre 18 y 26 años cuando éstos padezcan algún tipo de minus-
valía que prolongue la dependencia del padre o de la madre en los
aspectos instrumentales.
D.3. Hijos entre 18 y 26 años con plena capacidad física e intelectual que
dependan económicamente de su padre o su madre.
E. La posible convivencia del núcleo monoparental con otras personas
Se optó por entender que una familia monoparental es un núcleo
familiar monoparental, el cual puede residir independientemente, cons-
tituyendo entonces un hogar monoparental, o compartiendo el lugar de
residencia con otras personas (familiares o no) en un hogar múltiple o
extenso.
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Carmen Rodríguez Sumaza, Tomasa Luengo Rodríguez
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F. La heterogeneidad en las causas que derivan en monoparentalidad
Se asumieron todas las circunstancias que puedan dar lugar al surgi-
miento de un núcleo monoparental.
G. Lugar de residencia
Se estudiaron familias monoparentales residiendo a la fecha de refe-
rencia tanto en viviendas familiares como en viviendas colectivas (casas de
acogida, etc.) en el territorio geográfico de Castilla y León.
La definición operacional del grupo familiar que acabamos de exponer fue
la unidad de referencia básica para el estudio de la monoparentalidad en Cas-
tilla y León. Es, por tanto, el concepto central del estudio que se sometió a
prueba con cada una de las técnicas aplicadas y en cada una de las fases de la
investigación, como a continuación se expondrá.
6. El concepto como hipótesis de trabajo y el proceso de investigación
como proceso de evaluación
Los conceptos, entendidos como herramientas de análisis de una realidad, tie-
nen la virtud de permitir acercarnos a conocer los hechos. Presentan sin embar-
go una importante limitación, la de deformar la realidad a la que hacen refe-
rencia a fuerza de simplificar sus complejas dimensiones y adaptarse al campo
de visión del observador. Así, como los mapas son representaciones a escala
del espacio físico, los conceptos son los instrumentos a través de los cuales
aprehendemos lo que nos rodea. Su carácter simplificador es por ello tanto un
problema como una virtud, al resultar la clave que permite asimilar esa reali-
dad. No se puede pretender que los conceptos sean la propia realidad a la que
representan, del mismo modo que no tiene sentido ni utilidad un mapa que sea
tan perfecto que ocupe todo el territorio que representa. Sin embargo, sí se
puede pedir que los instrumentos que utilizamos para comprender la realidad
se perfeccionen, mejoren. Y es obligación del científico revisar críticamente el
utillaje empleado, calibrar su calidad con el objetivo de mejorarla.
Para poder evaluar la calidad del concepto operativo de familia monopa-
rental empleado en la investigación sobre núcleos familiares monoparentales
en Castilla y León, se trabajó desde un primer momento con dicho concepto
como si de una hipótesis de trabajo se tratara. El propio proceso de investigación
y el propio contacto con las familias monoparentales serían la prueba de fuego
que permitiría detectar las bondades del concepto, así como sus problemas y
carencias. Con el objeto de identificar éstos últimos, exponemos a continua-
ción brevemente el método y los procedimientos empleados en la investigación,
que se constituyen así en el mecanismo de la evaluación del concepto de par-
tida. Somos no obstante conscientes de que las reconstrucciones racionales de
los procesos de investigación, tan necesarias para evaluar el proceder científico,
tienen también el peligro de acabar legitimando los pasos dados por el propio
investigador, por lo que pretendemos una revisión crítica del proceso.
Un análisis del concepto de familia monoparental
Papers 69, 2003 71
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La investigación, de naturaleza eminentemente cualitativa, se desarrolló en
tres etapas, combinando técnicas cualitativas y cuantitativas. La aproximación
a las familias objeto de análisis se realizó en las siguientes fases:
Fase 1. En la primera fase, de naturaleza exploratoria, se explotaron los
datos secundarios procedentes de las principales fuentes estadísticas demográficas,
y se desarrolló un programa de entrevistas semiestructuradas a una muestra repre-
sentativa de un conjunto de informantes estratégicos que fueron participan-
do posteriormente en el estudio en todas sus fases.
La combinación de estas técnicas permitió:
1. Estimar cuantitativamente el número de familias en situación de monopa-
rentalidad en Castilla y León y contrastar su importancia relativa en éste y
otros ámbitos geográficos.
2. Sensibilizar a los informantes estratégicos en su función mediadora en el
estudio.
3. Poner en marcha un plan de comunicación con los agentes sociales relacio-
nados con la monoparentalidad.
Los informantes clave o informantes estratégicos, figura clave en investi-
gaciones de naturaleza cualitativa, tanto como expertos apadrinadores del inves-
tigador en el escenario como fuentes de información primaria (Taylor y Gog-
dan, 1994), permitieron resolver cuestiones decisivas para la estrategia de
recogida de información. A través de ellos pudimos acceder a un amplio con-
junto de instituciones y organizaciones en contacto con adultos en situación de
monoparentalidad y, a través de éstas, a los propios sujetos en situación de
monoparentalidad.
En base a los recursos existentes en la comunidad, se montó una red de
informantes lo suficientemente amplia, de manera que estuviera representada
en ella la heterogeneidad del fenómeno objeto de estudio. Se seleccionó así un
amplio abanico de instituciones y organizaciones que nos dieran cuenta de la
monoparentalidad en su doble dimensión, dependencia social versus inde-
pendencia social. El criterio esencial para formar las diversas redes de recogida
de datos consistió en que sus componentes estuvieran cerca de las familias en
situación de monoparentalidad y, por tanto, tuvieran un probado conocimiento
y cierta experiencia acerca de esa realidad social.
Los componentes de la red de informantes estratégicos se clasificaron según
su posición y el momento de intervención en el estudio como informantes
estratégicos de primer orden e informantes estratégicos de segundo orden.
Recibieron la denominación de informantes de primer orden los profesionales
directamente relacionados con miembros de familias monoparentales (traba-
jadores sociales de los centros de acción social, profesionales de los juzgados
de familia y juzgados de menores, etc.).
Fueron considerados como informantes de segundo orden los profesionales
que, sin estar directamente relacionados con las familias objeto de estudio,
72 Papers 69, 2003
Carmen Rodríguez Sumaza, Tomasa Luengo Rodríguez
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tenían una posición jerárquica en las instituciones u organizaciones a las que per-
tenecían que les permitía impulsar y apoyar la obtención de unidades de obser-
vación que, por la vía de los informantes de primer orden, pudiera quedar des-
cubierta. En esta segunda categoría quedaron incluidos directores de área y
jefes de servicio de diversas instituciones, coordinadores de equipos de acción
social, presidentes de asociaciones, etc.
Fase 2. En la segunda etapa, de naturaleza cuantitativa, se aplicó a una
muestra de familias monoparentales un cuestionario con 59 preguntas estruc-
turadas que recogían las variables más relevantes en relación con el fenómeno
de la monoparentalidad.
Al no existir una base de sondeo de las familias monoparentales en Casti-
lla y León, es decir, un documento «escrito o informatizado en el que estén
consignados todos y cada uno de los elementos del universo« (Ruíz Olabué-
naga; Aristegui y Melgosa, 1998: 87), no podía hacerse una extracción pro-
babilística de los elementos. Se optó, por tanto, por una muestra en la que las
familias monoparentales no fueran elegidas por las leyes del azar, sino de forma
intencional y controlada.
Como consecuencia de ello se recurrió al siguiente procedimiento:
a) Elaboración de una muestra intencional o razonada, obtenida a partir de una
selección de informantes clave.
b) Elaboración de una muestra por el procedimiento denominado de bola de
nieve. Mediante el mismo, informantes muy especiales nos llevan, por fami-
liaridad, por conocimiento o por facilidad de acceso, a las familias objeto
de estudio, que sirven, a su vez, de unidades adicionales de muestreo.
Fase 3. En la tercera fase, de naturaleza cualitativa, se celebraron entrevis-
tas en profundidad a personas expertas en el tema y a madres y padres en situa-
ción de monoparentalidad y paneles de expertos con la presencia de profesio-
nales de ámbitos tales como la psicología jurídica, el trabajo social en materia
de protección de menores, el tejido asociativo de mujeres y hombres en situa-
ción de monoparentalidad, la psicología en el ámbito de la acción social, el
derecho de familia y de la seguridad social y el trabajo social en el ámbito de los
servicios sociales. Todos ellos dieron significado adicional, desde la vivencia y
la práctica cotidiana, al análisis de las variables estudiadas.
7. El concepto de familia monoparental a la luz de los rasgos
de la monoparentalidad en Castilla y León
Habíamos señalado hasta aquí que, a efectos de la investigación sobre núcleos
familiares monoparentales en Castilla y León, entendíamos que una familia
monoparental supone la convivencia de un solo progenitor —hombre o mujer—
con al menos un hijo o una hija dependiente a su cargo. Asimismo, habíamos
fijado como objetivo validar la capacidad del concepto de familia monopa-
Un análisis del concepto de familia monoparental
Papers 69, 2003 73
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rental empleado inicialmente para recoger las dimensiones que el fenómeno
presentaba en el ámbito geográfico de referencia.
En relación con los resultados obtenidos en la investigación, hay que decir
que, por una parte, se confirmaron de manera consistente los rasgos o dimen-
siones más significativos del concepto de monoparentalidad expuestos ante-
riormente, dimensiones observadas asimismo en otros contextos geográficos
por numerosos investigadores. Por otro lado, y aquí radica la parte más inte-
resante del proceso de revisión del concepto, fueron evidenciándose nuevos
elementos de cara a una mejor comprensión del fenómeno de la monoparen-
talidad. Ambas cuestiones se exponen a continuación.
Si revisamos lo que inicialmente fueron consideradas como las dimensio-
nes más fundamentales que definen la monoparentalidad, nos encontramos
con los siguientes resultados para Castilla y León:
A. La presencia en el hogar familiar de un único progenitor
La ausencia mayoritaria del padre en el núcleo monoparental nos lleva a
encontrarnos ante una monoparentalidad eminentemente femenina (mono-
marentalidad), lo que indica que la variable género va a tener un peso impor-
tante en la configuración de la naturaleza de la monoparentalidad. En térmi-
nos de la encuesta realizada, la persona de referencia resultó ser una mujer en
el 90,5% de los casos. Se trata ésta de una característica coincidente con la
pauta generalizada en España y en todos los países de nuestro entorno euro-
peo, donde la mayoría de los responsables de este tipo de familias son mujeres.
La exigencia de considerar necesaria la presencia en el hogar familiar de un
único progenitor para poder afirmar que estamos ante una familia monopa-
rental plantea, sin embargo, importantes consideraciones. Se comprobó así,
en no pocas ocasiones, lo inexacto y forzado que resulta incluir en la misma
categoría los siguientes casos:
— Unidades familiares monoparentales consecuencia de un proceso de sepa-
ración o divorcio donde ambos progenitores comparten las tareas de edu-
cación y atención a los hijos, aunque éstos últimos corresidan la mayor
parte del tiempo con uno solo de los padres.
— Unidades familiares monoparentales donde, pese a la ausencia física de uno
de los progenitores, el grupo familiar mantiene intacta la funcionalidad y no
se percibe a sí mismo como diferente al modelo convencional de familia
nuclear. Esta situación resultó ser frecuente en los casos de familias donde
un progenitor no correside con la familia por razones laborales o por enfer-
medad.
— Unidades familiares donde un progenitor está ausente o no existe, pero otro
adulto, corresidente o no en el hogar, ejerce las funciones que supuesta-
mente debería realizar el progenitor ausente.
La circunstancia de que formalmente haya un único progenitor en el núcleo
familiar para que podamos hablar de familia monoparental no debe ser enten-
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Carmen Rodríguez Sumaza, Tomasa Luengo Rodríguez
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dida, por tanto, como que estamos ante un núcleo familiar incompleto, pues
los adultos al frente de un núcleo familiar monoparental no son necesaria-
mente padres o madres solos o solas en sentido estricto o con responsabilida-
des familiares no compartidas.
Las situaciones anteriores nos aproximan a las tesis que insisten en dife-
renciar la idea de «grupos monoparentales» de la idea de «familias monopa-
rentales» (Lefaucheur, 1988). Desde el punto de vista estructural, una unidad
familiar de corresidencia puede no contar con la presencia de uno de los pro-
genitores, pero la noción de familia excede con mucho el ámbito de lo domés-
tico, y funcional y emocionalmente la familia puede ser bifocal y más similar
en sus contenidos a lo que habitualmente suponemos propio de las estructu-
ras familiares nucleares.
Las consideraciones previas también llevan a reflexionar sobre lo insufi-
ciente que resulta el estudio de las familias tomando como principal referente
las formas familiares. Las familias, además de grupos, son contenidos. Y resul-
ta obvio que en similares estructuras no tienen por qué presentarse conteni-
dos idénticos, del mismo modo que funciones similares pueden llevarse a cabo
en el seno de estructuras diferentes.
Directamente de aquí podemos también derivar lo inexacto de no consi-
derar que familias nucleares conyugales asimétricas, donde las responsabilida-
des de atención y educación a los hijos recaen exclusivamente en uno de los
cónyuges, pueden constituir, desde el punto de vista de los contenidos, uni-
dades familiares monoparentales de facto.
B. La adultez del progenitor
El supuesto de adultez del progenitor custodio se cumplió ampliamente
entre los padres y madres estudiados. La mayoría de ellos (el 57,7%) se encon-
traba entre los 26 y los 40 años de edad. Los más numerosos (el 42,8%) tenían
entre 31 y 40 años, hasta alcanzar los 50 años el número de encuestados repre-
sentó el 25,4% de la muestra, y por encima de esta edad el número de encues-
tados representó sólo el 9,3%. En el otro extremo, un 7,3% fueron menores de
26 años, en su mayoría madres solteras.
Aunque efectivamente la mayoría de los progenitores superan la edad de los 18
años, es importante señalar que fue lógicamente constatada la existencia de madres
adolescentes. Aunque minoritaria desde el punto de vista cuantitativo, esta reali-
dad merece ciertamente ser analizada con detalle, pues constituye un grupo con
unas características, necesidades y situaciones familiares verdaderamente singula-
res, como señala Delgado (1994). La especial complejidad de este grupo y el insu-
ficiente conocimiento existente sobre el mismo, bien exigen su no exclusión del con-
junto de familias monoparentales, como en ocasiones es habitual.
Se constató también la existencia de casos en los que el adulto al frente del
grupo monoparental no es exactamente un progenitor, sino otro adulto, casi
siempre con alguna vinculación consanguínea con los menores (por ejemplo
abuelos o familiares cercanos). Esta circunstancia tampoco fue analizada por
no caber en la definición operacional de partida.
Un análisis del concepto de familia monoparental
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C. La presencia en el núcleo familiar de uno o varios hijos
El número de hijos más frecuente en el seno de las familias monoparenta-
les castellano-leonesas fue de uno. Esto ocurrió en un 56,7% de las familias
encuestadas, mientras que dos hijos había en el 24,7% y más de tres tan sólo
en el 9%. Las familias con mayor número de hijos fueron las encabezadas por
viudos y viudas y las procedentes de una ruptura de pareja.
La exigencia de la presencia de hijos en el núcleo familiar también plantea
importantes consideraciones. Es importante señalar en este sentido la reivin-
dicación de ciertos padres y madres cuyos hijos no corresiden la mayoría del
tiempo con ellos, pero que comparten las tareas de educación y atención a los
hijos con el progenitor custodio y que conviven periódica y sistemáticamente
con sus hijos, de ser considerados también como unidades familiares de plena
entidad.
D. La dependencia de los hijos respecto del progenitor custodio
El estudio realizado se centró fundamentalmente en el análisis de la mono-
parentalidad desde la perspectiva del progenitor, por lo que no han sido ana-
lizadas en su justa dimensión las características, experiencias y situaciones pro-
pias de los hijos. Como ya comentara Iglesias de Ussel, quizá en esta dimensión
de dependencia se encuentra la base sobre la que se apoya una de las limita-
ciones que el término presenta, pues la expresión «familia monoparental»:
«favorece la ocultación de los hijos y permite en la práctica situar en primer
plano la dimensión de los adultos» (1998: 239).
El estudio de las familias monoparentales en Castilla y León puso en evi-
dencia la importancia de considerar la dependencia de los hijos no tanto en
términos de los años de éstos, sino también en función de las circunstancias
que fuerzan la pervivencia de una dependencia del hijo respecto del progeni-
tor en cualquiera de sus aspectos instrumentales. A efectos de la investigación
llevada a cabo, la existencia o no de hijos dependientes en el seno del grupo
familiar era libremente considerada por parte del progenitor, previa explicita-
ción de los parámetros y las restricciones a la dependencia que ya han sido
expuestos.
Entre los resultados más destacables habría que señalar, confirmando las
tesis de Almeda y Flaquer (1995), la importancia que los padres y madres
daban a la prolongada permanencia de los hijos en el sistema educativo y a las
dificultades de empleo y de vivienda de los jóvenes para justificar la presencia
en el hogar de hijos con más de 18 años, así como la gravedad de las situacio-
nes de monoparentalidad en las que algún hijo presentaba algún tipo de minus-
valía. Estas circunstancias llevaron a elevar la edad de dependencia potencial
hasta los 26 años de edad, conscientes sin embargo de que el límite fijado tenía
también un cierto carácter arbitrario.
E. La posible convivencia del núcleo monoparental con otras personas
Los datos obtenidos para Castilla y León corroboran la hipótesis de que
muchos núcleos monoparentales recurren a la corresidencia con otras personas.
76 Papers 69, 2003
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Sin entrar aquí en las razones que explican este hecho (que sí son analizadas
en el trabajo citado), hay que decir que sólo un 60% de los hogares monopa-
rentales estudiados estaba constituido por un único núcleo monoparental. Las
madres solteras tienden en mayor medida a vivir con otras personas, desta-
cando la convivencia con los padres en casi la mitad de los casos. La corresi-
dencia es menos frecuente en los casos de familias monoparentales como con-
secuencia de ruptura del vínculo de pareja y por viudedad.
El porcentaje tan significativo de núcleos monoparentales corresidiendo con
otras personas es ya razón suficiente para rechazar la posibilidad de excluir del
estudio de las familias monoparentales a las que no constituyen exclusivamente
un hogar monoparental. Adicionalmente, la importancia del número de hogares
en que el núcleo monoparental correside con terceras personas informa valiosa-
mente de estrategias de convivencia a las que se recurre para resolver determi-
nadas necesidades de organización de los miembros de estos grupos.
F. La heterogeneidad en las causas que derivan en monoparentalidad
Sin lugar a dudas, la diversidad es una de las características básicas que defi-
nen la naturaleza de la monoparentalidad. Diversidad de circunstancias que
dan origen a un tipo u otro de monoparentalidad y diversidad en las expe-
riencias, que dentro de una misma situación de monoparentalidad generará
grupos bien diferenciados.
El estudio realizado sobre núcleos familiares monoparentales en Castilla y
León confirmó los distintos procesos que derivan monoparentalidad y puso
en evidencia la complejidad y pluralidad del fenómeno de la monoparentali-
dad. En el gráfico 1 se recogen los diferentes procesos y la importancia relati-
va de cada uno de ellos en Castilla y León. La tipología de familias monopa-
Un análisis del concepto de familia monoparental
Papers 69, 2003 77
Gráfico 1. Procesos que derivan monoparentalidad y su importancia relativa en Castilla y León (%).
Ruptura
de la pareja
55,1%
Fallecimiento de uno
de los cónyuges
13,9%
Ausencia
involuntaria
4,1%
Ordenamiento
jurídico
1,2%
Natalidad
25,7%
Desorganización
familiar
73,1%
Monoparentalidad
ditecta
26,9%
Encarcelación
1,2%
Trabajo en localidades
distanciadas
2,9%
Viudedad
13,9%
Abandono
de hogar
2,5%
Anulación de
matrimonio
0,3%
Separación
legal
27,6%
Separación
de hecho
11,5%
Divorcio
13,2%
Procesos que derivan
monoparentalidad
Padres/madres
adoptivos
1,2%
Madres
solteras
25,7%
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rentales resultante en virtud del proceso que da lugar a una reorganización
familiar y que se presenta en dicho gráfico está inspirada en el modelo de Igle-
sias de Ussel (1988) y adaptada a la casuística castellano-leonesa.
A la luz de la investigación, dicha tipología, que había resultado ser útil
como instrumento inicial de aproximación al fenómeno de la monoparentali-
dad, demostró constreñir en exceso el concepto de familia monoparental (y
por tanto su análisis), al centrarlo esencialmente en la serie de procesos que
determinan la reorganización de las estrategias familiares de los individuos.
8. Consideraciones finales
En estas líneas nos hemos ocupado de reflexionar sobre un concepto de fami-
lia monoparental que hacía especial referencia a los aspectos formales del grupo,
por lo que nos hemos centrado en definir lo más operativamente posible los
límites a partir de los cuales delimitar el fenómeno de la monoparentalidad
con el objeto de poder estudiar su importancia y sus características en un ámbi-
to geográfico determinado, en este caso Castilla y León.
Sin embargo, no podemos olvidar que, ante todo, la familia —y por ende
la familia monoparental— es una unidad no estática de relaciones que se con-
figura dinámicamente en el tiempo y en el espacio. Esta consideración nos
lleva a tener que reconocer la simplificación y deformación en las que incu-
rrimos cuando tratamos de reducir a un concepto operativo una realidad tan
compleja y multidimensional como es la que hemos pretendido analizar.
La contrastación de la definición operacional de familia monoparental de
partida con la constelación de formas familiares cuya estructura formal se ajus-
ta a los requisitos establecidos pone de relieve una cuestión fundamental: que
los habituales parámetros utilizados para el análisis de la monoparentalidad pue-
den resultar insuficientes para captar la complejidad del fenómeno. Se puede
decir así que existe toda una serie de dimensiones de la monoparentalidad cuya
consideración obligaría no sólo a reconstruir el concepto, sino quizás incluso a
reconsiderar su pertinencia. En este sentido, hemos ido señalando todo un con-
junto de cuestiones que se plantean en torno a cada uno de los requisitos que
vienen siendo habituales en la conceptualización de la monoparentalidad.
Hemos podido así comprobar que algunas de las condiciones que habi-
tualmente se exigen a un grupo familiar para que éste pueda ser considerado
como una familia monoparental plantean importantes interrogantes que nos
llevan a confirmar el exclusivo valor instrumental que puede llegar a tener en
ocasiones un concepto de partida. ¿Qué tienen verdaderamente en común una
madre soltera adulta madura que buscó la maternidad fuera de la pareja y que
goza de un estatus socioeconómico elevado, con una mujer en medio de un
proceso complejo de separación y sin recursos económicos ni apoyo de su
entorno? ¿No podría ser ciertamente considerado como monoparental el con-
junto formado por un progenitor y sus hijos aunque formen parte de una
estructura familiar nuclear conyugal cuando ocurre que el otro progenitor no
ejerce funcionalmente como tal? ¿Hasta qué punto es válido hablar de ausen-
78 Papers 69, 2003
Carmen Rodríguez Sumaza, Tomasa Luengo Rodríguez
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cia de un progenitor en el caso de las familias separadas o divorciadas donde
ambos cónyuges comparten sus tareas de atención y educación de los hijos
aunque éstos corresidan la mayor parte del tiempo con uno de ellos? ¿Hasta
qué punto podemos también hablar de ausencia de un progenitor cuando el
grupo familiar percibe que la ausencia física (sobre todo cuando es temporal)
no impide el ejercicio de las funciones de paternidad, o cuando estas funciones
las cumple otra persona diferente al progenitor?
El análisis practicado pone de manifiesto que la tipología de familias mono-
parentales que subyace al concepto operacional de partida y que clasifica a éstas
en virtud del proceso que desemboca en reorganización familiar debemos
entenderla tan sólo como el resultado de una categorización social. En otras
palabras, tiene valor en tanto que «ayuda para interpretar situaciones ambi-
guas mediante la acentuación de las diferencias entre categorías y la homoge-
neidad dentro de la categoría» (Morales, 1999: 209), pero no confiere al obje-
to de estudio mayor entidad, al ser tan sólo un instrumento útil para el
observador. Resulta por tanto necesario profundizar en el conocimiento de la
naturaleza dinámica de la monoparentalidad, en la línea de los análisis reali-
zados para el Reino Unido por Ermish, Jenkins y Wright (1990) y Noble,
Smith y Cheung (1998) ya citados.
A partir de la investigación llevada a cabo se observó que el concepto y la
tipología de partida presentaban, al menos, tres virtudes fundamentales. En pri-
mer lugar, representaban una válida categorización de los factores que modu-
lan situaciones de monoparentalidad y, por tanto, de la propia dinámica social.
En segundo lugar, facilitaban la interpretación de realidades complejas y plu-
rales que, aún teniendo orígenes comunes, elaboran estrategias de convivencia
diferentes y se nutren de contenidos que faciliten identidades únicas. Así, cada
uno de los grupos familiares estudiados se presentaban como microsociedades
en las que aparecían claramente diferenciadas sus economías, culturas, hábitos
y la propia percepción de su situación de monoparentalidad. Finalmente, resul-
taron ser un buen punto de partida para la instrumentación estadística.
Asimismo, la investigación evidenció también algunos riesgos derivados
del recurso a la categorización. En primer lugar, se comprobó que sienta las
bases para el funcionamiento de los estereotipos y puede actuar como media-
dor cognitivo excluyente. En este sentido, los resultados del trabajo con adul-
tos al frente de núcleos familiares monoparentales, en la línea de lo confirma-
do por Fry y Addington (1984)
3
, detectaron la presencia de estereotipos sociales
con relación a las familias monoparentales. Casi cuatro de cada diez madres y
padres informaron sentirse discriminados por el hecho de pertenecer a una
familia considerada por terceros como no estándar. En segundo lugar, se com-
probó que el concepto de partida mantenía ocultos elementos fundamentales
para la vida de estos padres y madres y sus familias, tales como la red comple-
ja de parentesco que en muchas de las situaciones intensifican su apoyo ins-
Un análisis del concepto de familia monoparental
Papers 69, 2003 79
3. Citado en M
ORENO
H
ERNÁNDEZ
, 1995: 62-63.
Page 22
trumental y/o afectivo a las personas residiendo en núcleos familiares mono-
parentales. Por último, resultó evidente que las categorizaciones sociales tie-
nen un valor exclusivamente metodológico y, además, limitado. En otras pala-
bras, diluir el concepto de familia en las causas que lo modulan, es adoptar
una visión reduccionista y estática del grupo familiar. Otras dimensiones, tales
como la representación de la familia que tiene una sociedad, la idea de divor-
cio y el cuerpo legal que una sociedad posee, la representación social de la res-
ponsabilidad del cuidado de la infancia, además de las actitudes ante la mater-
nidad fuera del matrimonio, entre otros, son contenidos a tener necesariamente
en cuenta a la hora de definir la monoparentalidad y estudiar cualquiera de
sus manifestaciones, así como a la hora de diseñar y poner en práctica estrate-
gias de intervención sobre el fenómeno.
El trabajo que aquí se presenta se apoya metodológicamente en la recons-
trucción de un proceso de investigación, en la exposición de su historia inter-
na. Somos conscientes de que la propuesta lakatosiana de elaborar recons-
trucciones racionales contiene sin embargo, como recuerda Medina (1989:
112), toda «una serie de inconvenientes de entre los cuales el idealismo y la
arbitrariedad no son los menores». Es por ello que se ha intentado hacer una
revisión crítica del proceso y presentar con claridad y transparencia lo que el con-
tacto con los padres y madres al frente de un núcleo monoparental nos infor-
mó sobre la validez del concepto de partida.
Es cierto que no es posible pensar sin conceptos o modelos, y que éstos tie-
nen la virtud de orientarnos a la realidad. Pero no es menos cierto que los con-
ceptos que manejamos tienen un coste en términos de distorsión de esa misma
realidad, de adecuación de la misma a los ojos del observador. Éstos son algu-
nos de los problemas sobre los que hemos pretendido reflexionar en nuestro
artículo en un intento de contribuir, cuando menos, a la discusión y al análi-
sis del concepto de familia monoparental.
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FACTORES COMUNES Y PROCEDIMIENTOS ESPECIFICOS EN PSICOTERAPIA ¿UN DIVORCIO "EMPIRICAMENTE VALIDADO"?

FACTORES COMUNES Y PROCEDIMIENTOS ESPECIFICOS EN PSICOTERAPIA:
¿UN DIVORCIO "EMPIRICAMENTE VALIDADO"?
Mark Beyebach y Margarita Herrero de Vega
ABSTRACT
El objeto de este ensayo es realizar un examen crítico de lo que consideramos una
hipertrofia del "paradigma de la especificidad" (Paul,1967) en el campo de la
psicoterapia. Para ello comentaremos algunas de las poderosas tendencias que apuntan
en este sentido: la proliferación de manuales de tratamiento, los protocolos de
tratamiento empleados por las grandes organizaciones, y sobre todo la polémica en
torno a los "tratamientos empíricamente validados" (EVT: empirically validated
treatments). Argumentaremos que estos desarrollos ofrecen grandes aportaciones, pero
también que resultan limitados y potencialmente limitantes. En el último apartado de este
trabajo examinaremos algunas posibles formas de superar el impasse científico y
conceptual generado por esta tiranía de la especificidad.
Introducción: "Las autoridades sanitarias advierten que un exceso de especificidad puede ser perjudicial para
la salud de la psicoterapia"
El campo de la psicoterapia está sufriendo en la actualidad todo un conjunto de profundas transformaciones,
tanto desde el punto de vista de cómo se conceptualiza el abordaje terapéutico de los problemas humanos, como
desde el nivel práctico y concreto de cómo se gestiona la provisión de servicios de salud mental en las
sociedades desarrolladas. Y si bien en el nivel de cómo la psicoterapia se practica y "comercializa", la disparidad
de situaciones (de un país de nuestro entorno a otro, pero incluso de una comunidad autónoma a otra) hace más
complicado detectar tendencias comunes y establecer generalizaciones, desde el punto de vista conceptual y
científico parece inegable que se está imponiendo una tendencia creciente a la especificidad. En otras palabras,
el campo de la psicoterapia está avanzando (y de hecho ya ha avanzado mucho) en la dirección de la
especialización, e incluso de la super-especialización.
Si hace algunos años se practicaba la psicoterapia y se entrenaba a los futuros psicoterapeutas sobre todo
desde la óptica de los grandes modelos terapéuticos (y teníamos por tanto "terapeutas psicodinámicos",
"terapeutas cognitivo-conductuales", "terapeutas sistémicos", etc.), en la actualidad la oferta psicoterapéutica
se organiza cada vez más en torno a tipos de problemas (y tenemos por tanto "especialistas en trastornos de la
alimentación", "especialistas en toxicomanías", "especialistas en trastornos de ansiedad"), o incluso en torno a
categorías diagnósticas aún más delimitadas ("especialistas en bulimia" "especialista en terapia familiar con
bulimícas", "especialista en trastornos por estrés post-traumático" etc.). Y a su vez, existe una fuerte presión
para que la psicoterapia en cada uno de estos subcampos, así como el entrenamiento de estos especialistas, se
realice de una determinada manera (y no de otras), empleando unos procedimientos psicoterapéuticos (y no
otros), y siguiendo unos protocolos de tratamiento supuestamente apoyados en la investigación empírica (y
excluyendo por tanto otros altenativos).
A primera vista, esta evolución puede parecer positiva. Al fin y al cabo, este desarrollo se corresponde
plenamente con lo que cualquier lego esperaría de una discliplina como la psicología: una progresiva
decantación de los métodos, un conocimiento creciente de los mecanismos etiológicos, una delimitación cada
vez más precisa de las diversas entidades diagnósticas y de sus abordajes terapéuticos. No en balde, se dirá,
esta es también la evolución que ha seguido la medicina: de un abordaje generalista e indiferenciado a una
especialización impresionante, de una práctica "precientífica" basada en la intuición y el "ojo clínico" al
desarrollo de un verdadero arsenal de técnicas diagnósticas y de tratamiento, encuadradas en un sin fin de
especialidades y subespecialidades.
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Y en parte es así; reconocemos que el desarrollo que hemos descrito aporta avances inegables, especialmente
en lo que se refiere a la adopción de una postura de rigor científico a la hora de practicar y evaluar la
psicoterapia. Y no nos cabe duda de que en estas últimas dos décadas se ha ensanchado considerablemente la
base de conocimientos científicamente contrastados sobre la que podemos apoyarnos los p sicoterapeutas. No
pretendemos, por tanto, negar la necesidad de que sigan avanzando la investigación empírica y la práctica de la
psicoterapia. Pero sí entendemos que la dirección en la que se está produciendo este avance es excesivamente
excluyente. A nuestro juicio, la super-especialización de la psicoterapia y la adopción de protocolos específicos
para problemáticas rígidamente delimitadas presenta numerosos inconvenientes:
*Por un parte, se basa en una interpretación sesgada de los resultados de inves tigación, desde la que se
propone subliminalmente (y no tan subliminalmente: véase p.ej. Labrador, Echeburúa y Becoña, 2000) la
superioridad de los procedimientos cognitivo-conductuales sobre otras técnicas psicoterapéuticas, lo que en la
práctica supone re-editar la "guerra de los modelos" que asoló nuestro campo en las décadas de los años 60 y
70. Las consecuencias de esta estrategia nos parecen devastadoras, por cuanto generan un peligro muy real de
que de aquí a 4 o 5 años se termine restringiendo ("científica" pero también legislativamente) el abanico de los
tratamientos aceptables (subvencionables, aplicables, enseñables y acreditables) a los pocos que se mantengan
fieles a la nueva ortodoxia.
* Por otro lado, se apoya en una visión reduccionista de la psicoterapia, desde la que se privilegian en exceso
los factores técnicos (los "factores específicos") y se tiende a ignorar la importancia de la relación terapéutica y
de las potencialidades de cambio de los propios clientes. Así, todo el protagonismo recae en los terapeutas y su
arsenal de técnicas y procedimientos, mientras que los usuarios de sus servicios siguen siendo "los héroes
anónimos de la psicoterapia" (Duncan, Hubble y Miller, 2000).
* Además, produce una compartimentalización del conocimiento que no sólo lleva a perder la perspectiva global
y holísitica de nuestros clientes, sino que además conlleva en la práctica un considerable riesgo de parcialidad e
incluso de iatrogenia, amén de producir una mayor distancia entre profesionales y usuarios.
* Finalmente, implica adoptar el modelo médico como marco de referencia, y por tanto abordar los fenómenos
psicológicos y sociales desde una lógica básicamente biologicista y mecanicista que a nuestro juicio resulta
profundamente inadecuada. Este efecto nos parece especialmente perverso, porque no sólo repercute en los
profesionales (entre otras cosas, desincentivando la creatividad de los investigadores y el "sentido común" de
los psicoterapeutas), sino que revierte también en nuestro contexto cultural contibuyendo a medicalizar y
patologizar la construcción social de los problemas humanos.
Por todos estos motivos, haremos en este ensayo una crítica a la realidad de la especialización y a lo que
entendemos es su sustrato ideológico: lo que, parafraseando a Paul (1967) definiríamos como la "tiranía de la
especificidad". Entendiendo por "paradigma de la especificidad" a la posición de que (a) la eficacia de la
psicoterapia se basa sobre todo en los aspectos técnicos que caracterizan a cada procedimiento (y no, p.ej. en
factores comunes a todos ellos, como pueden ser la relación terapéutica, las expectativas de los clientes, etc.), y
de que (b) se debe establecer qué procedimiento en concreto funciona para qué tipo de problema, en qué tipo de
pacientes, bajo qué circunstancias, etc... de forma que finalmente cada tipo de problema (en un determinado tipo
de pacientes, etc.) tenga su "tratamiento de elección".
Para fundamentar nuestro análisis, comenzaremos haciendo una descripción de la evolución de la psic oterapia
desde comienzos del siglo XX hasta la actualidad, en la que rastrearemos de qué modo se ha ido configurando la
apuesta por la especidad. En el segundo apartado expondremos las razones por las que entendemos que este
paradigma en realidad ha entrado en crisis. Pasaremos después a discutir brevemente las diversas posibilidades
que se plantean a la hora de superar esta crisis, y finalizaremos perfilando sucintamente nuestra propia
propuesta de un modelo que integre elementos comunes de la psicoterapia con un buen aprovechamiento de los
frutos positivos que el paradigma de la especificidad ha generado.
1. La evolución de la psicoterapia: del mito de la uniformidad a la tirania de la especificidad
Como señalan Ogles y cols., (Ogles, Anderson y Lunnen, 1999) los primeros modelos terapéuticos eran meras
extensiones de las teorías psicológicas correspondientes. En ese sentido, el psicoanálisis ortodoxo o el
conductismo radical no eran solamente un conjunto de técnicas o procedimientos terapéuticos, sino que
expresaban sobre todo una determinada concepción del desarrollo psicosocial del ser humano, así como de la
salud y la enfermedad mental. Estas teorías pretendían además ser aplicables de forma universal: no sólo se las
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consideraba de utilidad para abordar todo tipo de problemas humanos, sino que se extrapolaban a campos tan
lejanos como el análisis de la religión, el arte o la política social.
Esta pretensión de universalidad conllevaba, también, la peligrosa tentación de querer afirmar (bien los
cre adores de estos modelos, bien sus seguidores más ortodoxos) la superioridad de un modelo sobre los demás.
En este sentido, la situación no era muy diferente a la de una auténtica guerra de religiones (Labrador,
Echeburúa y Becoña, 2000): cada modelo, y dentro de cada modelo cada escuela, terminaba pretendiendo ser,
sino el único "verdadero", al menos el mejor de todos los modelos. Pese a algunos pioneros esfuerzos de
integración (Dollard y Miller, 1950) esta dinámica de competencia pura y dura llevó en el campo teórico a que se
acentuaran mucho más las diferencias entre modelos que los parecidos entre ellos, y en el terreno de la
investigación,a que se organizaran auténticas competiciones para ver qué modelo lograba establecer su
superioridad sobre los otros.
Y, curiosamente, fue precisamente el intento de establecer qué modelo "ganaba" en la batalla de la eficacia
terapéutica lo que obligó por primera vez a cuestionar esta lógica del enfrentamiento. Porque, en contra de lo
esperado, los estudios comparativos no lograron demostrar el impacto diferencial de modelos diferentes.
Cuando se comparaban entre sí tratamientos alternativos, la conclusión era casi unánime: "todos habían
ganado, y todos merecían el premio" (Luborski, Singer y Luborski, 1975; Smith y Glass, 1980; Stiles, Shapiro y
Elliot, 1986). La constatación empírica de que tratamientos muy diferentes producían resultados prácticamente
idénticos no sólo restó interés a la "guerra de los modelos", sino que plantó un pregunta intrigante: ¿cómo se
podía explicar que procedimientos a veces incluso contrapuestos produjeran resultados comparables? El
abordaje de esta cuestión dió lugar a una profunda reflexión sobre el proceso de cambio en psicoterapia.
Hubo por supuesto quien consideró que la falta de diferencias era un artefacto, producto de las insuficiencias
metológicas de los estudios comparativos. Pero, aún reconociendo que en efecto estas insuficiencias
metodológicas se daban, empezó también a proponerse que probablemente el cambio psicoterapéutico no se
producía sólo mediante el impacto de las técnicas terapéuticas que propugnaban los distintos modelos
(desensibilización, interpretación de la transferencia, re-estructuración cognitiva), sino que probablemente en
cualquier psicoterapia actuaban "factores inespecíficos" que compartiría cualquier procedimiento terapéutico: la
esperanza del cliente, la relación terapéutica, la presencia de un 'ritual curativo" (Frank, 1973), etc. La discusión
en torno a estos "factores inespecíficos" llevó finalmente a poner de manifiesto su enorme importancia y a
recalificarlos como "factores comunes", reconociendo de esta forma que estos elementos terapéuticos eran tan
"específicos" (y especificables, y por tanto, enseñables y medibles) como los elementos técnicos y
procedimentales.
A partir de esta comprensión de los "factores comunes" se generó un cuerpo absolutamente impresionante de
investigaciones empíricas sobre los "factores comunes" (para una revisión, véanse Orlinsky, Grawe y Parks,
1994; Asay y Lambert, 1999), que permitió no sólo valorar teóricamente su importancia, sino incluso cuantificar y
medir su impacto. Constructos tales como "alianza de trabajo" (Bordin, 1975) o "alianza terapéutica" (Frieswyck
y cols., 1986; Gaston, 1990), "expectativa de éxito" (Rotter, 1954) o "expectativa de autoeficacia" (Bandura, 1989)
dejaron de ser vaguedades imprecisas a convertirse en constructos perfectamente operacionalizables y
medibles. La conclusión de todo este conjunto de datos de investigación es clara: si bien los elementos técnicos
que caracterizan a cada modelo son importantes para el éxito terapéutico, los "factores comunes" tienen sin
duda un impacto mucho mayor. La técnica psicoterapéutica que se elija puede sin duda tener importancia, pero
perderá su efecto (o no tendrá ninguno) si se aplica a un cliente que no está dispuesto a cambiar, o si se usa en
el contexto de una relación terapéutica negativa, o en presencia de factores extraterapéuticos que contrarrestan
su impacto. Uno de los más reputados investigadores en este terreno, M.J. Lambert, estima incluso que las
técnicas terapéuticas sólo justifican un 15% de la varianza en el resultado terapéutico, mientras que las
expectativas del cliente (efecto placebo") justificarían otro 15%, la relación terapéutica un 30% y las variables del
cliente y extraterapéuticas (cambios situacionales, apoyo social, etc.) incluso un 40% (Lambert, 1992).
Sin embargo, pese a todo este conocimiento científico acumulado en torno a los "factores comunes", tanto en la
investigación sobre psicoterapia, como en su práctica y en el entrenamiento para ejercerla se ha mantenido una
tendencia aparentemente imparable hacia la especificidad. En otras palabras, y pese a que el discurso en torno a
los factores comunes ha dejado hace mucho de ser palabrería bienintencionada y ha pasado a aportar apoyo
empírico sólido, el campo se ha seguido comportando como si únicamente los factores especíicos de cada
modalidad de tratamiento tuvieran importancia:
*En el terreno de la investigación, se denunció ya en los años 60 el "mito de la uniformidad" (Kiesler, 1966) que
subyacía a buena parte de las investigaciones en psicoterapia y se adoptó la consigna de Paul (1967): en vez de
hacer comparaciones genéricas entre modelos se debía investigar qué tratamiento, realizado con qué pacientes
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para qué tipo de problemas y bajo qué circunstancias es más eficaz. Esto permitió superar los planteamientos
ciertamente simplistas de la primera investigación en psicoterapia, e ir planteando preguntas de investigación
cada vez más precisas. Además, ha dado lugar a la elaboración de "manuales de tratamiento" que describen con
mucho detalle los procedimientos terapéuticos (naturaleza, modo de implementación, secuencia de utilizacion,
etc.) a los que deben adherirse los terapeutas. Si bien inicialmente estos manuales se concibieron para la
investigación, han rebasado ya este ámbito, y son moneda común en libros, seminarios y programas de
entrenamiento.
*En la misma línea se ha generado la dinámica en torno a los "tratamientos empíricamente validados" (EVT:
empirically validated treatments ). A comienzos de los años noventa, la Asociación Psicológica Americana
creó la Comisión para la Promoción y Diseminación de Procedimientos Psicológicos, con el mandato de
identificar intervenciones psicológicas eficaces y promover su utilización en la práctica y en el entrenamiento de
los futuros profesionales. Los trabajos de esta comisión llevaron a crear una lista de procedimientos
psicoterapéuticos cuya eficacia tenía supuestamente el suficiente apoyo empírico (Task Force, 1993). Esta lista
(y sus actualizaciones posteriores, Chambless y cols., 1996, 1998) es ciertamente restrictiva, e incluye
procedimientos muy específicos, como p.ej. "exposición y prevención de respuesta para trastorno obsesivo-
compulsivo" o "terapia cognitivo-conductual multicomponente para el dolor asociado a enfermedad reumática".
El movimiento de los ECT tiene el valor indudable de que fomenta lo que podríamos llamar un "control de
calidad de la psicoterapia", trat ando de que la toma de decisiones sobre la provisión de servicios en
psicoterapia se guíe en base a datos empíricos, pero como veremos abajo tiene también grandes limitaciones
*Ya en el ámbito de lo que podríamos llamar el "mercado de la psicoterapia", e l paradigma de la especificidad se
ha traducido también en el desarrollo de "protocolos de intervención" por parte de las grandes organizaciones
proveedoras de servicios de psicoterapia. De hecho, el florecimiento a partir de los años ochenta en Estados
Unidos de las "Health Maintenance Organizations" (fuertes aseguradoras que proporcionan cobertura sanitaria
a los empleados de las empresas, poniendo a su disposición el cuadro de profesionales que ellas contratan) ha
sido probablemente el factor que más a contribuido a modificar la situación de la psicoterapia en este país,
produciendo una auténtica revolución tanto para los usuarios como para los profesionales. Las HMO han
introducido en el campo de la psicoterapia una lógica estrictamente económica, ejerciendo una intensa acción
fiscalizadora sobre la práctica de la psicoterapia en orden a asegurar la máxima eficiencia de los tratamientos. En
este sentido, muchos profesionales norteamericanos se quejan de que ya no pueden ejercer la psicoterapia en
función de las necesidades de sus pacientes, sino que tienen que ajustarse cada vez más a las imposiciones de
la compañía aseguradora de turno (Duncan y Miller, 2000).
A nuestro juicio, la revolución propiciada por las HMO ha supuesto algunas grandes ventajas. Por una parte,
porque ha puesto en un primer plano la evaluación de los resultados de las psicoterapias, al obligar a los
terapeutas contratados a demostrar de una forma u otra el efecto de sus tratamientos. En otras palabras, ha
trasladado el énfasis sobre la calidad y su evaluación desde la investigación a la práctica clínica, lo que
finalmente redunda en beneficio del usuario. También nos parece positivo el que la acción de las HMO esté
llevando de hecho a una reducción considerable en la duración de los tratamientos. Aunque por supuesto esto
puede también llevar a excesos (p.ej., no autorizar nuevas sesiones pese a que realmente pueda ser necesario,
etc.), ayuda a nuestro juicio a romper la tentación de las "terapias interminables", tan presente siempre en la
práctica privada. El "obligar" a los terapeutas a explicitar con claridad los objetivos de la terapia y a clarificar el
alcance y el propósito de la misma nos parece también algo saludable.
Pero, junto a estos aspectos positivos, hay también otros muchos bastante más negativos, como son la pérdida
de autonomía de los terapeutas en su toma de decisiones (Duncan y Miller, 2000), la supeditación de las
consideraciones clínicas a las económicas o incluso -desde un punto de vista más prosaico- el impacto
desfavorable sobre los ingresos de los terapeutas y el considerable aumento de las labores burocráticas (Lisistz,
1998, Rabasca, 1999).
Desde el punto de vista de este ensayo, el aspecto más relevante es sin duda el renovado impulso que las
prácticas de las HMO han proporcionado al pensamiento diagnóstico y a la tiranía de la especificidad.
Básicamente, la idea es que -para ser cubiertas económicamente- las terapias que se realicen al amparo de una
HMO deben hacerse sobre un diagnóstico DSM -IV definido, y ajustarse a los "protocolos de intervención" que
la organización prescriba (protocolos que en buena medida trasladan la política de las EVT, pero que también
dependen de la idiosincrasia de la HMO de turno). Si el paciente no recibe un diagnóstico DSM-IV (o no recibe
alguno de los que se consideren "subvencionables") o no se le aplica el "tratamiento de elección" que la HMO
prescribe, la terapia no es costeada por la organización. Aunque la propia rigidez de este esquema lleve con
frecuencia a subvertir su lógica (p.ej., buscando por sistema algún diagnóstico DSM-IV que haga reembolsable
la terapia, incluso sin hacer en realidad una evaluación; o p.ej. describiendo la propia terapia en términos
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cognitivo-conductuales aunque no se haya realizado según esos parámetros), lo cierto es que la presión en
favor de una ideología médica y diagnóstica es muy poderosa.
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2. La crisis del modelo de la especificidad
Hemos visto en el apartado anterior, como, a pesar de toda la evidencia científica acumulada en torno a los
"factores comunes", el campo de la psicoterapia sigue sometiéndose cada vez más a la "tiranía de la
especificidad", y que lo hace además planteando estos dos paradigmas como incompatibles, cuando en realidad
no tienen por qué serlo. Podría argumentarse que ello se debe a que el paradigma de la especificidad está dando
más frutos científicos que otras concepciones alternativas, tal y como defienden quienes parecen entender que
éste es el único modo "científico" de proceder (Labrador y cols., 2000). Sin embargo, en este apartado
defenderemos que en realidad sucede todo lo contrario: el paradigma de la especificidad no esta produciendo los
resultados que prometía, ni desde el punto de vista de la investigación, ni desde el aspecto de la práctica clínica
real. Hay, sí, algunos logros interesantes y aprovechables, pero en realidad, el enorme éxito de esta forma de
entender la psicoterapia es mucho más una cuestión política , que resulta de la afortunada conjunción de una
ideología biologicista y positivista, y de las necesidades de la industria (la industria farmacéutica, y más en
general la "industria de la salud mental" en sentido amplio).
2.1. No es oro todo lo que reluce: los escasos resultados de la investigacion generados desde el paradigma de la
especificidad.
La primera cuestión a examinar es si en el terreno de la investigación en psicoterapia, el paradigma de la
especificidad ha cumplido sus promesas. Partimos, recordémoslo, de la situación ciertamente insatisfactoria de
los años setenta, con una gran cantidad de estudios comparativos mal diseñados, de los que difícilmente podía
extraerse otra conclusión que no fuera la famosa sentencia aplicada a las psicoterapias de que "todas han
ganado" (Luborski y cols.,1975). Precisamente esta situación llevó a los paladines de la especificidad a predecir
que, con estudios mejor realizados, hechos sobre muestras bien delimitadas y utilizando tratamientos
correctamente operacionalizados, sí se podría determinar finalmente qué tratamiento resultaba más eficaz para un
problema dado. ¿Se ha cumplido esta predicción? A nuestro juicio, la respuesta es clara: no. Esta valoración
negativa se apoya en varias constataciones:
a) A pesar de la creciente sofisticación metodológica de los estudios comparativos, ha seguido siendo muy
difícil encontrar diferencias relevantes entre tratamientos alternativos. En otras palabras, pese a la mejora de las
preguntas de investigación y a la utilización de diseños mucho más fuertes (manualización de los tratamientos,
asignación al aza r, aumento de la potencia estadística etc.), cuando se comparan dos o más procedimientos
específicos para un problema determinado, el resultado más probable sigue siendo que no se encuentren
diferencias. Y cuando sí se detectan diferencias significativas estadísticamente, lo más probable es que desde el
punto de vista clínico la diferencia sea poco relevante. Es más, incluso cuando se comparan tratamientos
"activos" con tratamientos placebo, es muy difícil encontrar diferencias si los placebos resultaban mí nimamente
creíbles. P. ej. en el famoso estudio NIMH sobre depresión se comprobó que no había diferencias significativas
entre la Terapia Cognitiva (Beck y cols., l979) Terapia Interpersonal (Klerman y cols., 1984) y el placebo cuando
se aplicaban a pacientes con depresión leve (Elkin, 1994).
Por tanto, y pasando por alto algunas excepciones (que revisaremos más abajo), con nuevos datos de
investigación en la mano se siguen sin confirmar las diferencias en cuanto a eficacia entre los diversos
procedimientos psicoterapeuticos. La situación sigue siendo que, como señalan Wampold y cols. (1997) en el
título de un reciente meta-análisis: empíricamente, "todas (las psicoterapias) merecen premio".
b) La magra cosecha que proporcionan los estudios comparativos "sin más" ha llevado a dar un nuevo giro a la
sofisticación metodológica, y ha conducido a una variante del "paradigma de la especificidad": el paradigma ATI
(atribute X treatment interaction) (Beutler, 1991; Shoham-Salomon & Hannah, 1991). Aquí, partiendo de la idea
de buscar qué tratamiento se ajusta mejor a qué tipo de paciente, las comparaciones entre modelos terapéuticos
(las T) se hacen teniendo en cuenta algún atributo (A) del paciente que supuestamente moderaría el impacto
diferencial de los tratamientos. Sin embargo, los resultados han vuelto a ser poco alentadores. Como reconocen
dos notorios defensores de este paradigma: "Por desgracia, es difícil encontrar resultados ATI sólidos en la
investigación en psicoterapia" (Rohrbaugh & Shoham, 1998). Un buen ejemplo es el proyecto MATCH (Project
Match Research Group, 1997), un estudio impresionante realizado sobre una muestra de 1762 alcohólicos en
tratamiento ambulatorio. Pese a la excelente manualización de los tres tratamientos (terapia cognitivo-
conductual, terapia motivacional, y un procedimiento basado en los "12 pasos") y a la cuidadosa selección de
posibles variables moderadoras, sólo se pudo confirmar una de las 16 hipótesis referidas al efecto de interacción
(los pacientes "sin psicopatología" obtuvieron mejores resultados con el procedimiento de 12 pasos que con
terapia cognitiva conductual)! Por lo demás, los tres tratamientos obtuvieron, como cabía esperar, resultados
equivalentes.
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c) Otra alternativa a los estudios comparativos tradicionales es la que ofrecen las estrategias de
"desmantelamiento". Aquí, no se trata de determinar si un procedimiento psicoterapéutico es superior a otro,
sino de comprobar cuáles son los ingredientes activos de un tratamiento eficaz, y cuales en realidad no son
necesarios (Kazdin, 1994). Esta estrategia ha dado en general mejores resultados que la de los estudios
comparativos, pero junto con aportaciones interesantes (cuando efectivamente se ha podido demostrar qué
ingredientes de un tratamiento dado son eficaces y cuáles no), en muchos otros casos simplemente se ha re-
editado el veredicto de la "no diferencia", al no poderse demostrar un mayor o menor impacto de uno u otros
ingredientes (p.ej., Jacobson y cols., 1996). De todas formas, este tipo de estudios se acerca mucho más a
nuestra concepción de qué es lo que constituye una investigación útil en psicoterapia: aquella que nos permite
mejorar nuestros procedimientos, en vez de simplemente tratar de afirmar la superioridad de unos sobre otros. En
este sentido, estamos ya cerca de las "investigaciones de proceso" (Greenberg 1986, Greenberg y Pinsof 1986)
que a nosotros nos resultan especialmente útiles (Beyebach y Escudero, 1997; Beyebach, Rodríguez Morejón,
Palenzuela y Rodríguez-Arias, 1996).
d) Pero, más allá del mérito relativo que tengan las diferentes estrategias de investigación (estudios
comparativos, estudios ATI, desmantelamiento, etc.), y de los magros réditos que hasta el momento han
producido, en última instancia la valoración del paradigma de la especificidad debería hacerse en base a los
resultados contrastados y firmes a que ha dado lugar. Las últimas tres décadas de investigación dentro de este
paradigma han llevado sin duda a revisar, refinar y mejorar en buena medida los procedimientos terapéuticos
(sobre todo los que se sitúan en el ámbito de las terapia de conducta y cognitivo-conductuales, pero también
procedimientos surgidos desde el enfoque sistémico e incluso psicodinámico). Pero ¿es realmente satisfactoria
la eficacia de estos métodos? Y de nuevo, la respuesta que damos es negativa: con las consabidas excepciones,
seguimos sin disponer de tratamientos verdaderamente eficaces para la gran mayoría de los problemas que
presentan los clientes de la psicoterapia... incluso para aquellos problemas para los que supuestamente existen
"tratamientos empíricamente apoyados". Veamos, si no, algunos ejemplos, deteniéndonos más en el de la
depresión:
*Se tiende a considerar que la depresión es un trastorno suficientemente investigado y para el que existen
varios tratamientos "de elección". Así, en su trabajo ya citado (Chambless y cols., 1996) se consideran
"tratamientos empíricamente validados" para la depresión la Terapia Cognitiva (tipo Beck), la Terapia
Interpersonal y la Terapia de Conducta para la depresión. Y seguramente se trate (junto con los problemas
de ansiedad y estrés) de un tipo de problema donde pocos terapeutas se atreverían a poner en cuestión la
etiqueta de "empíricamente validados" que se asigna a estos tres tratamientos, y en especical a la Terapia
Cognitiva.
Una consecuencia de este consenso es que cualquier tratamiento diferente que se utilice en un trastorno
depresivo, o en el entrenamiento de futuros terapeutas que vayan a enfrentarse a él, será probablemente
visto con suspicacia , o incluso descartado de plano. No es descartable que de aquí a unos pocos años
incluso se considere "mala práctica profesional" el utilizar tratamientos diferentes... con todas las
conseucuencias legales que esto puede suponer. ¿Pero es realmente tan sólido el apoyo de estas terapias
"EVT" para el tratamiento de la depresión? ¿Se consiguen realmente resultados tan espectaculares como
para descartar (o incluso demonizar) enfoques alternativos? Dejaremos que sea el propio lector el que
responda tras considerar los siguientes conjuntos de datos, referidos a la CT pero que a grosso modo
serían igualmente aplicables a la Terapia Interpersonal:
-En los mejores estudios la terapia cognitiva consigue a término que algo más de la mitad de los pacientes
que termina el tratamiento se puedan considerar recuperados; puesto que la tasa de abandono en los
estudios suele ser superior al 25 %, el porcentaje de éxito sobre la muestra total es en realidad más bajo
(Roth y Fonagy, 1994).
-Con pacientes menos graves las dife rencias entre terapia "activas" (Terapia Cognitiva, Terapia
Interpersonal, Terapia conductual) y placebos tienden a ser escasas (Elkin, 1994). ¿Significa esto que las
psicoterapia "EVT" serían especialmente indicadas para pacientes más graves? En realidad tampoco, ya que
con pacientes más graves, las psicoterapias tienden a obtener resultados iguales o inferiores a la medicación.
-En el caso de la Terapia Cognitiva, no está claro si los cambios producidos en estos pacientes son
realmente producidos por mo dificaciones en la cogniciones de los pacientes, por lo que hay dudas sobre la
hipótesis de la especificidad (DeRubeis y Feeley, 1990; Imber y cols, 1990).
-En cambio, sí está claro que los resultados conseguidos al final del tratamiento tienden a no mantenerse a
largo plazo. En el estudio NIMH , sólo el 24% de los pacientes que habían iniciado y terminado la terapia
cognitiva se mantenían asintomáticos y sin recaídas a 18 meses (Shea y cols., 1992). Para la terapia
interpersonal (que se tiende a considerar igual o más eficaz que la CT) las cifras tampoco son mucho mejores:
en el estudio de la Univesidad de Pittsburgh, diseñado especialmente para establecer el grado de
mantenimiento de los resultados terapéuticos (Frank y cols.,1990, 1991; Kupfer y cols., 1992), se observa
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que el 44% de los pacientes que se habían recuperado de la depresión volvían a tener algún episodio en los
tres años siguientes... pese a seguir recibiendo terapia durante este período. La mediana del "tiempo de
supervivencia" (tiempo antes de la primera recaída) fue de 54 semanas.
Este tipo de datos llevan a Roth y a Fonagy a afirmar que "La depresión parece ser en muchos pacientes un
trastorno crónico, con una baja probabilidad de conseguir una recuperación completa (...) Los tratamientos
breves tienen un efecto considerable si se mide a corto plazo, pero en conjunto este efecto es poco duradero
(...) Hasta la fecha el tratamiento farmacológico continuado es el único método que ha demostrado de forma
univoca su eficacia para prevenir las recaídas" (Roth y Fonagy, 1996, pp. 100).
*Otro "tratamiento empíricamente validado" que aparece en la relación de Chambless y cols., es la terapia
conductual de pareja. Posiblemente sea una de las elecciones más desafortunadas, porque pese a que existe
un gran conjunto de estudios que muestran los efectos positivos de la terapia conductual de pareja
(Jacobson y Addis, 1993), una mirada más detallada muestra que éstos son realmente muy poco relevantes
clínicamente. Por ejemplo, un reanálisis de algunos estudios "positivos" llevó a Jacobson y cols., (1984) a
encontrar que al final de la terapia casi dos de cada tres parejas tratadas no había cambiado o seguía con
problemas. Pero estos (escasos) cambios nisiquiera se mantienen en el tiempo. Por ejemplo, Snyder y cols.
(1991) encontraron una tasa de divorcio a cuatro años del 38% de las parejas que recibieron terapia de
conducta, cifra muy superior al 3% de divorcios en las parejas tratadas con una terapia más orientada al
insight. En vista de lo cual, no es de extrañar que la terapia de parejas haya resultado la menos valorada por
los consumidores de psicoterapia en Estados Unidos (Seligman, 1995)!
*En rigor, lo que hemos venido diciendo acerca de la depresión y de los problemas de pareja es igualmente
aplicable a la mayoría de los tratamientos que, amparados en el paradigma de la especificidad, han venido
investigándose y desarrollándose en las últimas décadas, y que cuentan ahora con el refrendo que les
otorga la discutible etiqueta de "empíricamente validados". Es innegable que en la mayoría de los casos los
tratamientos considerados demuestran efectivamente su superioridad frente al no tratamiento o al placebo,
pero los resultados obtenidos son a menudo de escasa entidad clínica y poco sólidos en el tiempo, y además
hay siempre una proporción sustancial de pacientes que no llegan a alcanzar en ningún momento una
recuperación total. Incluso en los trastornos de ansiedad, sin duda la "estrella" de la psicoterapia (y donde
desde luego aceptamos la clara superi oridad de los procedimientos basados en la exposición) los resultados
no son todo lo satisfactorios que cabría pensar. Así, Labrador y cols., (2000) citan los datos presentados por
el propio Wolpe en 1995, donde informa (entre otros datos más positivos) de que el porcentaje de casos muy
mejorados para pacientes con agorafobia es del 41% en el posttratamiento y del 48% a seguimiento, y del
47% y 53% respectivamente para pacientes con fobia social. Datos que difícilmente cabría calificar de
espectaculares.
2.2. La tiranía de la especificidad en la realidad clínica
Nos parece que hemos demostrado en la sección precedente las graves limitaciones que desde el punto de vista
científico presenta el paradigma de la especificidad. Sin embargo, el que algo sea cuestionable desde la óptica de
la investigación no implica necesariamente que resulte negativo en el nivel social o en el plano ideológico. Así, y
desde nuestro particular punto de vista, el paradigma de la especificidad sí tiene al menos un resultado positivo:
fomentar una actitud de rigor y un interés redoblado por la evaluación de la psicoterapia. En este apartado
trataremos de analizar en qué otros sentidos el paradigma de la especificidad tiene una efecto positivo o
negativo en el campo de la psicoterapia.
a) Desde el punto de vista de los recursos técnicos de los terapeutas, sí nos parece incuestionable que la
ingente cantidad de trabajos generados desde el afán de la especificidad pone a nuestra disponsición algunas
herramientas suficientemente contrastadas que de otro modo se hubieran perdido en el revuelto río de las
"modas psicoterapéuticas". Procedimientos como la exposición en vivo, la reducción de la Emoción Expresada
(Vaughn y Leff, 1976; Leff y Vaughn, 1985) en familiares de personas con trastornos crónicos o algunas técnicas
de restructuración cognitiva, ofrecen sin duda un gran potencial terapéutico. A nuestro juicio, este potencial no
se limita solamente al ámbito de las teorías en que han surgido estos procedimientos (en el caso de los ejemplos
citados, terapia de conducta, terapia familiar psicoeducativa, terapia cognitiva, respectivamente) sino que -con
las debidas precauciones - puede ser también aprovechado por terapeutas de otras orientaciones.
1
1
Aunque entendemos el lamento de algunos autores (Labrador y cols., 2000) en el sentido de que otras orientaciones
parecen "aprovecharse" de las investigaciones generadas desde la modif icación de conducta, preferimos una visión un
poquito más generosa de esta cuestión. Para nosotros, no se trata de quién es el "dueño" o "padre" de una determinada
técnica, sino bajo qué condiciones ese procedimiento puede ser usado por la mayor cantidad de terapeutas en beneficio de
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b) Acabamos de ver que los ingentes esfuerz os de investigación que se han realizado desde el paradigma de la
especificidad han producido algunos resultados importantes, pero aún así, el balance general (que hemos hecho
en el apartado anterior) es bastante pobre: tenemos una serie de procedimientos de utilidad clínica relativa, que
no son capaces de mostrar su superioridad frente a otros procedimientos supuestamente inferiores, y cuyos
ingredientes activos se desconocen en buena medida. Eso sí: puesto que estos procedimientos están claramente
operacionalizados y definidos, uno podría pensar que son también fácilmente entrenables, y que por tanto su
enseñanza aumentará (aunque fuera modestamente) la eficacia de los terapeutas en formación. Esta es
precisamente la apuesta que desde el paradigma de la es pecificidad se ha hecho en el entrenamiento de futuros
terapeutas: se ha registrado una clara evolución desde el aprendizaje más bien abstracto y vivencial a la
formación basada en la enseñanza de habilidades terapéuticas (Ogles y cols., 1999).
El lector pensará que tal vez aquí sí que haya dado frutos el paradigma de la especificidad. Pero por desgracia,
no es tan claro que sea así. No sólo nos encontramos con que, en general, "sólo existe una relación modesta
entre el entrenamiento (de los terapeutas) y el resultado (de las terapias)" (Roth y Fonagy, 1996, p. 355). Sino
que incluso hay estudios que muestran que un entrenamiento basado exclusivamente en el aprendizaje de
habilidades técnicas puede tener un impacto negativo sobre la eficacia de los tratamientos. Trabajos como los
generados dentro del Vanderbilt II Psychotherapy Training Project (Henry y cols., 1993a,b) sugieren que una
excesiva atención por parte de los terapeutas a las técnicas que deben emplear puede de hecho reducir sus
capacidades clínicas!
c) Por otra parte, en la realidad clínica la lógica de la especificidad aparece también unida a una creciente
compartimentalización de los profesionales, encuadrados en "territorios" bien delimitados en los que p.ej. los
"especialistas en trastornos de la alimentación" trabajan de espaldas a los "especialistas en terapia familiar" o a
los "especialistas en .....". En principio, el elemento positivo de esta evolución es que hace justicia a una realidad
que parece poco discutible: es muy difícil que un profesional pueda estar realmente actualizado ("a la última") en
todos los campos a la vez. Desde esta óptica, la especialización permite en teoría que el terapeuta mantenga
unos estándares de calidad más altos que un terapeuta digamos más generalista.
El inconveniente es que, aparte de que esta teoría a menudo no se plasma en la realidad (véase sino el caso de
las toxicomanías, al que se han incorporado una gran cantidad de excelentes colegas que sin embargo han
tenido una muy escasa y a veces incluso nula formación rigurosa en este campo, Martín González, 2000), tiende
además a promocionar una visión parcial de los pacientes, con lo que -parafraseando la conocida parábola de los
ciegos que tocan cada uno una parte diferente del elefante- nos arriesgamos a terminar teniendo descripciones
totalmente incongruentes del mismo paciente. En nuestra opinión, la preocupación por la "comorbilidad", que
termina surgiendo de forma casi invariable en cualquier nueva "especialidad" que se acota, traduce precisamente
lo insatisfactorio de esta situación.
No negamos, por supuesto, que la especialización en ciertas patologías (alcoholismo, depresión, problemas
sexuales), segmentos evolutivos (psicología clínica infantil, psicogeriatría, etc.) o incluso formatos (terapia de
pareja, terapia familiar) es perfectamente compatible con la apertura de miras y que incluso puede fomentar la
interdisciplinariedad o el abordaje en equipo de los problemas. Es decir, probablemente este tipo de
especialización no tendría por qué potenc iar el mito de la especificidad, y por el contrario, propiciar un abordaje
más flexible y creativo de los problemas.
Sin embargo, entendemos que por desgracia la lectura que se hace de estos desarrollos va más bien en la línea
contraria, generando nuevos "mitos de la uniformidad" que en definitiva siguen extendiendo (no sólo entre el
público en general, sino también entre los profesionales y las autoridades que toman las decisiones) la lógica de
que ciertos problemas X necesariamente requieren ciertos procedimientos Y. En definitiva, se sigue potenciando
así el poderoso mensaje de la ideología médica: "recetas" específicas para "enfermedades" específicas.
d) Y precisamente es la potenciación de la ideología médica uno de los aspectos a nuestro juicio má s negativos
de todos los desarrollos que venimos describiendo en estas páginas. Casi sin darnos cuenta, el campo de la
psicoterapia ha adoptado la lógica etiologicista, diagnosticista y a menudo incluso biologicista que se asocia
habitualmente al paradigma médico (Duncan y Miller, 2000). Tal vez en un intento de buscar la respetabilidad y
"cientificidad" que se asocia a las ciencias médicas, hemos renunciado a buena parte de nuestra propia
identidad profesional, sin que ello redunde ni un ápice en beneficio de nuestros clientes. Posiblemente, el único
la mayor cantidad de clientes. En este sentido, a nosotros no nos disgusta, sino todo lo contrario, comprobar que la propia
Modificación de Conducta también va utilizando cada vez más conceptos sistémicos, ecosistémicos y relacionales.
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efecto claro que hemos conseguido es contribuir a engrosar los ingresos de la potentísima industria
psicofarmacéutica, y adoptar de paso unos cuantos mitos científicos contraproducentes que parecen en buena
medida una invitación al suicidio profesional (Miller, Duncan y Sparks, 2000).
No queremos negar, por supuesto, la utilidad que la medicación puede tener en algunas situaciones. Sería estéril
re-editar sin más antiguas controversias medicación /psicoterapia o psiquiatría/psicología. Pero una cosa es ver
la posibilidad de la medicación como un recurso más que el paciente puede utilizar, y otra muy distinta rendir la
propia psicoterapia a la ideología biologicista y contribuir a la medicalización en la constru cción social de los
problemas humanos.
2.3. Los peligros del modelo EVT
Hemos comentado hasta aquí las limitaciones que encontramos a lo que hemos elegido denominar la "tiranía de
la especificidad". No querríamos cerrar este apartado sin hacer una mención especial a lo que sin duda ha sido
hasta ahora su fruto más visible y de mayor impacto en la comunidad científica y profesional: la promoción de
las "Terapias Empíricamente Validadas" (o Apoyadas ) (Task Force, 1993, Chambles y cols., 1996, 1998).
Como hemos señalado más arriba, los trabajos en torno a las EVT parten del loable propósito de establecer el
apoyo empírico de los procedimientos psicoterapéuticos y de difundir aquellos que demuestren una mayor
eficacia. En este sentido, sin duda hacen aportaciones interesantes, además de generar una intensísima
discusión en el campo, que sin duda -como toda discusión- dará lugar a nuevos avances. Entre las aportaciones
del movimiento de las EVT reconocemos las de aumentar la credibilidad de la psicoterapia como ciencia,
someterla al principio de la autoevaluación rigurosa, y proporcionar a los potenciales usuarios de la psicoterapia
elementos de juicio más sólidos para la toma de decisiones. De hecho, como mencionaremos brevemente en el
apartado final, nuestra apuesta personal iría no tanto en el sentido de revertir o evitar el movimiento EVT (algo
que nos parece no sólo imposible, sino también indeseable), sino más bien al contrario: aprovecharlo al máximo e
incluso ampliarlo. Entre otras cosas, porque puede proporcionar bases empíricas tanto al integracionismo
teórico como al eclecticismo técnico o al trabajo sobre los "factores comunes" (Shoham y Rohrbaugh, 1996).
Sin embargo, el movimiento de los EVT constituye también en nuestra opinión terreno abonado para los sesgos
y errores que subyacen al paradigma de la especificidad, así como para interpretaciones malintencionadas o
simplemente equivocadas por parte del público en general y de quienes toman las decisiones (administrativas y
políticas) en salud mental en particular.
En primer lugar, porque como (entre otros muchos autores) señala Garfield (1996) la forma en que se ha
estructurado supone apostar únicamente por un elemento de la ecuación psicoterapéutica: la técnica. Queda
fuera del campo de interés actual del movimiento EVT las variables que tienen que ver con los propios
terapeutas, la relación terapeuta-cliente, o las expectativas y variables de los mismos clientes. Además, se
apuesta por técnicas concretas para problemas específicos, ignorando por completo las posibilidades de
procedimientos más generalistas.
Junto con este punto de partida, que en última instancia es una cuestión de opción y por tanto no resulta en sí
mismo criticable, hay sin embargo también otras razones que invitan a un posicionamiento crítico frente al
movimiento EVT. Expondremos en primer lugar aquellas que en nuestra opinión se deben a las propias
características de los informes sobre EVT, y que por tanto son en cierto modo inherentes a los mismos. En
segundo lugar analizaremos los peligros que se derivan del movimiento EVT, pero no debido a los informes en sí
mismos, sino en función de cómo se han querido a veces interpretar y entender sus resultados.
a) En cuanto a la forma de elaborar estos informes , caben muchas críticas. Por un lado, los criterios de inclusión
de estudios en el informe (estudios experimentales que requieren asignación al azar y manualización de los
tratamientos) tienden a favorecer los tratamientos cognitivo-conductuales, y a dejar fuera estudios también de
gran calidad pero que se apartan de las normas especificadas. Y, paradójicamente, a la vez los criterios para la
concesión de la etiqueta "empíricamente validado" resultan muy cuestionables: que existan tan sólo dos
estudios experimentales que demuestren su superioridad sobre otro alternativo o un placebo parece poco
exigente. Y más cuando de nuevo nos conformamos con la superioridad estadística, que no necesariamente
correlaciona con la significatividad clínica (Kazdin, 1994).
Otro inconveniente de los informes sobre EVT es que se pone todo el énfasis en la eficacia (efficacy, efecto de
un tratamiento en las condiciones controladas de un estudio experimental), sin considerar para nada la
efectividad (effectiveness, efecto del tratamiento cuando se aplica en la comunidad, en un contexto clínico real.
En este sentido parece también evidente que estamos hablando de contextos muy diferentes: el terapeuta que
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ejerce en una situación clínica real difícilmente va a trabajar (como sucede en los estudios experimentales) con
muestras homogéneas de pacientes que tienen diagnósticos "puros", a los que aplicar tratamientos igualmente
"puros" y constantemente monitorizados. Es mucho más probable que tenga pacientes con varios problemas
mal definidos y solapados, que requieran intervenciones a varios niveles (intrapersonal, familiar, comunitario),
que de hecho estén en contacto o lo hayan estado con otros profesionales, y que tal vez consulten de modo
puntual pero que seguramente lo hagan de forma repetida a lo largo del tiempo.
b) En cuanto a la interpretación de los resultados, a nuestro modo de ver el primer error es considerar que los
informes sobre EVT dan una visión justa sobre los efectos de la psicoterapia, cuando en realidad se refieren
exclusivamente, c omo acabamos de ver, a la eficacia y no necesariamente a la efectividad.
Pero es más: en realidad estos informes nos hablan sobre todo de qué procedimientos se investigan más, y no
tanto de cuáles son más eficaces. Que son dos cosas bien distintas. Por supuesto que el que un procedimiento
terapéutico sea sometido a investigación empírica es un mérito fundamental. Pero no conviene olvidar que los
circuitos de financiación-investigación tienen su propia -y perversa- lógica, y que en ese sentido no existe ni
mucho menos una mínima "igualdad de oportunidades" entre procedimientos alternativos. Es mucho más fácil
que sea financiada una investigación en la que se estudie la eficacia de un procedimiento cognitivo-conductual
para el tratamiento de un trastorno definido en base al DSM-IV (y con un interés político: temas como
toxicomanías, SIDA o trastornos de la alimentación son un buen ejemplo) que otra investigación que podría ser
igualmente interesante para el avance científico de la psicoterapia.
El segundo error de interpretación (y este suele ser claramente intencionado, en la línea de la "guerra de
modelos" que por desgracia parece que sigue sin superarse) es entender que los tratamientos con el marchamo
EVT son necesariamente superiores a otros alternativos
2
. Esto simplemente no es así. P.ej., el que la terapia
cognitiva para la depresión (calificada como "empíricamente validada") muestre ser superior a placebo no
implica ni mucho menos que sea superior a otros procedimientos (p.ej. terapia sistémica de pareja para la persona
deprimida y su cónyuge), por mucho que esta otra terapia no haya demostrado (aún) ser más eficaz que un
placebo. Y recordemos una vez más que la inmensa mayoría de los estudios comparativos, cuando se realizan
entre dos tratamientos potentes, no encuentran diferencias.
La combinación de los dos sesgos de interpretación que acabamos de mencionar lleva a un tercer error, de
consecuencias funestas: considerar que para ciertos problemas sabemos ya cual es el "tratamiento de elección",
y que por tanto a partir de ahora se deben desestimar otras alternativas y centrar todos los esfuerzos de
investigación en perfeccionar los tratamientos ya validados (Shoham y Rohrbaugh, 1996). Para entender lo
funesto de esta postura, imáginese el lector por un momento que los informes sobre EVT se hubieran publicado,
no en la década de los noventa, sino veinte años antes. La situación es clara: muchos de los procedimientos que
ahora figuran como EVT no hubieran entrado entonces en esta exclusiva lista, y probablemente hubieran incluso
desaparecido. Y otros (p.ej. la terapia interpersonal para depresión o bulimia) nisiquiera hubieran llegado a
desarrollarse! Por tanto, pensamos que este tercer error puede llevar a un verdadero "cierre en falso", que lejos
de propiciar el avance científico de la psicoterapia seguramente conspire en el sentido contrario
3
3. Alternativas a la tiranía de la especificidad
Querríamos dedicar este último apartado a esbozar algunas alternativas a la tiranía de la especificidad que
venimos denunciando. Y la primera constatación a hacer es que proponer alternativas en ningún caso debe
suponer desestimar sin más el paradigma de la especificidad. Eso sería, simple y llanamente, querer volver a
poner de nuevo el péndulo en la posición extrema de hace unas décadas y -como hemos señalado más arriba-
además de resultar imposible, parece también indeseable por cuanto implicaría ignorar los avances que se han
2
En el (por otra parte excelente) trabajo ya citado, Labrador, Becoña y Echeburúa llegan a afirman textualmente lo
siguiente: "Si se consideran estos datos desde una perspectiva cuantitativa, es claro que se podría prescindir de cualquier
técnica de intervención psicológica que no fuese conductual o cognitiva-conductual para poder ayudar a todas las personas
afectadas en los trastornos que han sido objeto de la evaluación" (Labrador y cols, 2000, p. 147 -148).
3
Insistimos en que esta cuestión es en nuestra opinión resultado de posibles interpretaciones sesgadas, y no algo inherente
al movimiento de la EVT. En este sentido, Varda Shoham, una de las autoras del informe de la Task Force, dice:
"Consideramos el trabajo EST como poco más que un paso en la dirección adecuada: nos indica qué es lo que sabemos
hasta ahora, qué necesita ser replicado, y dónde están las lagunas de nuestro conocimiento. Los resultados EST
acumulados hasta la fech deberían recordarnos humildemente qué poco es lo que sabemos" (Shoham y Rohrbaugh, 1996,
p. 193) (Aquí se usa la expresión "empíricamente apoyado" -EST - en lugar de la menos precisa EVT).
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producido en estas últimas dos décadas. Si bien en las páginas precedentes hemos cargado intencionadamente
las tintas en la crítica al paradigma de la especificidad y al movimiento de las EVT, sería estúpido no reconocer y
aprovechar las aportaciones que desde ellos se han hecho a la investigación y práctica de la psicoterapia.
¿Cuál sería entonces, a nuestro modesto entender, una posición más equilibrada? ¿Cómo aprovechar el impulso
que a la investigación ha dado el paradigma de la especificidad, pero sin caer en sus excesos? Haremos un
análisis por separado en el ámbito de la investigación y en el de la clínica, conscientes en cualquier caso que
estos dos campos deberían verse como interconectados.
a) En cuanto a la investigación en psicoterapia, parece obvio que en el futuro se seguirán investigando
procedimientos específicos para problemas específicos. No sólo estamos constatando que resulta inevitable,
sino que pensamos además que es bueno que así sea, siempre y cuando no se dejen fuera del "circuito de
financiación-investigación" procedimientos alternativos interesantes que, por no haber obtenido aún el
marchamo "EVT", corren el riesgo de ser marginados. En este sentido, pensamos que existen muchos
procedimientos psicoterapéuticos que están dando ya pruebas de su más que posible utilidad en estudios que
no por apartarse del imperativo de la experimentalidad dejan de ser científicos y rigurosos. Los diseños cuasi-
experimentales, pero también los observacionales o naturalistas, permiten ofrecer datos científicos sobre los que
basar la toma de decisiones sobre futuras investigaciones.
Es más, entendemos que también sería interesante pasar del énfasis excesivo sobre los "EVT" al examen
rigurosos de los "EVt" (Shoham y Rohrbaugh, 1995), es decir, que -puestos a ser específicos- nos gustaría que
se diera un paso más desde las grandes c ategorías descriptivas (las "T": "terapia marital conductual", "terapia
interpersonal") a un análisis más fino de técnicas específicas (las "t": "intervenciones paradójicas" "ejercicio de
las dos sillas", "preguntas circulares"), susceptibles de ser utilizadas por un mayor abanico de terapeutas de
orientaciones diversas
4
.
Entendemos además que esta línea de investigación sobre las técnicas terapéuticas, hecha desde el paradigma
de la especificidad, debe complementarse también con un impulso vigoroso a la investigación realizada desde el
paradigma de los factores comunes en psicoterapia (Hubble, Duncan y Miller, 1999). Factores comunes que,
recordémoslo, no son ni mucho menos "inespecíficos". Es decir, que pueden investigarse y concretarse (y de
hecho se han investigado y concretado) con el mismo rigor que los factores técnicos. Especialmente relevante
nos parece el seguir propiciando investigaciones de proceso (Greenberg, 1996; Greenberg y Pinsof, 1996), tanto
sobre los terapias presuntamente apoyadas empíricamente como sobre aquellas que aún no reciben esta
calificación, y sobre todo la investigación de los procesos de cambio. En este sentido, trabajos como los de
Bandura sobre autoeficacia (1989) o los de Prochaska y DiClemente sobre las etapas del proceso de cambio
(Prochaska, 1999) no sólo no excluyen, sino que complementan perfectamente el estudio de las técnicas
terapéuticas específicas. Nuestra propia experiencia en este sentido es que este tipo de estudios proporcionan
información extremadamente útil que puede revertir directamente en la práctica clínica (Beyebach y Carranza,
1997; Beyebach, Rodríguez Morejón, Palenzuela y Rodríguez-Arias, 1996).
Finalmente, entendemos que la investigación sobre estos dos aspectos (técnicas terapéuticas y factores
comunes) debe enfocarse también en buena medida a estudiar su interacción y sus efectos en situaciones
clínicas reales, hechas en contextos menos controlados y menos artificiales que los estudios experimentales al
uso.
b) En cuanto estructuración de la atención en salud mental, nuestra posición es que debería integrarse la
existencia de servicios multidisciplinares especializados (para atender a los casos -no a las patologías- más
graves), en un esquema que privilegie la figura del "terapeuta generalista", es decir, de un terapeuta capaz de
intervenir con eficacia en una variedad de situaciones clínicas. Y todo ello en un contexto que privilegie la
prevención (cuando sea posible) y el abordaje comunitario de las problemáticas de salud.
Entendemos que un terapeuta de estas características debería combinar varios tipos de conocimientos y
habilidades (Beyebach y Rodríguez Morejón , 1999; Beyebach, en prensa):
*Ante todo, debería tener un buen entrenamiento enfocado a la optimización de los "factores comunes" en
psicoterapia. En otras palabras, debería aprender a capitalizar al máximo los recursos de los propios clientes (De
Shazer, 1988, 1991, 1994) y de sus redes sociales (Lambert, 1999) a fin de activar el potencial de cambio de éstos
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No se nos escapan las dificultades que plantea la exportación de técnicas específicas a otros marcos diferentes de aquellos
en los que originalente se investigaron (Lazarus y Messer, 1991; Shoham y Rohrbaugh, 1996). Sin embargo, nos parece
más útil enfrentar estas dificultades que no rechazar de plano la posibilidad de este trasvase de conocimientos.
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(Miller y Rollnick, 1991; Prochaska, 1999). También debería ser capaz de aprovechar al máximo las propias
expectativas de los clientes (Frank, 1973; Snyder y cols., 1999) y el efecto de una relación terapéutica adecuada
(Bachelor y Horwath, 1999; Orlinsky, Grawe y Parks, 1994). Lo cual supondría también desarrollar habilidades
comunicacionales básicas desde las cuales potenciar estas otras variables (Maione y Chenail, 1999). Esta
formación básica puede desarrollarse desde modelos teóricos diferentes, pero debería estar abierta a los
resultados de la investigación de proceso en psicoterapia.
* Por otra parte, este terapeuta generalista debería ser también capaz de integrar, sobre estas habilidades
básicas, aquellos procedimientos puntuales de eficacia y efectividad contrastadas. Esto exige, por supuesto,
mantenerse al día de los nuevos desarrollos en psicoterapia (y por tanto conocer bien los procedimientos que se
consideran "EVT"), algo que incluso está recogido en los manuales deontológicos, pero que a menudo se
ignora.
En nuestra propia forma de trabajar (Beyebach, 1998; Beyebach, en prensa), estos procedimientos específicos
derivan en parte de la literatura sobre las EVT, pero se nutren también de otras fuentes, e incluyen
procedimientos no sólo enfocados a tipos de trastornos (el caso de las técnicas de exposición en vivo para
problemas de ansiedad; de la reducción de Emoción Expresada en familiares de pacientes esquizofrénicos; o de
algunas técnicas de terapia cognitiva en depresión), sino también a momentos del ciclo vital (trabajo con niños,
con parejas en proceso de separción, con ancianos, etc. ), a situaciones clínicas específicas (violencia
doméstica; riesgo de suicidio; desnutrición en pacientes anoréxicas) y a procesos más genéricos (prevención de
recaídas).
*El tercer ingrediente es la capacidad y la voluntad de evaluar de forma constante el propio trabajo, y de utilizar
por tanto el feedback de los propios clientes para mejorar la propia práctica profesional. De esta forma, además
de ofrecer un mejor servicio a nuestros usuarios, estaremos también reduciendo el tradicional abismo que separa
a clínicos de investigadores. Esto es algo que desde la modificación de conducta se tiene muy presente, pero
que puede hacerse también de otras formas y desde otros planteamientos. A nosotros nos gusta especialmente
las ideas al respecto generadas desde la terapia centrada en las soluciones (De Shazer, 1988, 1991, 1994) y desde
planteamientos afines, como la terapia "client centered, outcome informed" que describen Scott Miller y sus
colegas (Duncan y Miller, 2000; Miller, Duncan y Hubble, 1997).
Abogamos, por tanto, por una postura ecléctica, aunque preferimos denominarla integradora (Beyebach, en
prensa; Beyebach y Rodríguez Morejón, 1999). Eso sí, no hablamos de un eclecticis mo del "todo vale", sino de
un eclecticismo crítico y bien informado, apoyado en una sólida base teórica (que en nuestro caso es
construccionista y sistémica) y de habilidades terapéuticas básicas (factores comunes), y orientado por la
investigación, tanto la propia como la ajena. En este sentido, nos gusta considerarnos cercanos a
planteamientos como los de Varda Shoham y Michael Rohrbaugh, cuando hablan de la "integración en
psicoterapia empíricamente apoyada" (Shoham y Rohrbaugh, 1996).
En cualquier caso, las ideas que hemos apuntado en esta última sección son simplemente una de las posibles
formas de entender y organizar las múltiples alternativas que existen al paradigma de la especificidad tal y como
se viene entendiendo (e imponiendo) en los últimos años. Esperamos con ellas transmitir el mensaje de que es
posible combinar la pasión por la investigacion y el rigor con una sana dosis de flexibilidad y ¿por qué no? de
imaginación.
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