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PRESENTACIÓN INSTITUCIONAL

INTRODUCCIÓN

La Educación Familiar es la actividad educativa que los padres realizan con sus hijos y la tarea llevada a cabo por profesionales para suplir a los padres. Desde esta perspectiva, se puede contemplar desde dos dimensiones:
1) Las prácticas educativas realizadas por los padres con sus hijos en el hogar
2) Las actividades de atención a menores desarrollado por distintos profesionales, fuera del ámbito familiar.
Esta página está dirigida a: Profesionales, Educadores, Investigadores y a Personas interesadas por el ámbito de la educación familiar. Los objetivos principales de la misma son:
Intercambiar experiencias de nuevas formas educativas en el ámbito familiar.
Descubrir las nuevas necesidades afectivas, cognitivas y sociales de todos los miembros de la familia.
Fomentar la interacción entre padres e hijos con los nuevos medios informáticos y tecnológicos.

lunes, 5 de mayo de 2008

COLISIÓN, COLUSIÓN Y COMPLEMENTARIEDAD EN LAS RELACIONES CONYUGALES.


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COLISIÓN, COLUSIÓN Y COMPLEMENTARIEDAD EN LAS
RELACIONES CONYUGALES.
Bismarck Pinto Tapia1
Universidad Católica Boliviana
La formación de la relación conyugal.
¿Eres tú o soy yo a quien hacemos feliz?
Rainer Maria Rilke
Elegimos a nuestra pareja a partir de cuatro aspectos fundamentales: aquellos
afectos que recibimos por parte de las personas significativas durante nuestros
primeros años de vida (papá, mamá, hermanos, abuelos, tíos, amigos, profesores,
etc.), los afectos que nos hubiera gustado recibir pero que no nos dieron, lo que
dimos y recibieron con agrado, y lo que dimos y no fue recibido.
El psicólogo norteamericano Hendrix (1997), utiliza el término “imago” para
referirse a la construcción ideal que hacemos de nuestras expectativas amorosas, a
partir de los esquemas afectivos y cognitivos aprendidos en nuestra familia de
origen. Concepto coincidente con los fundamentos teóricos de la escuela sistémica
trigeneracional (Framo (1996), Andolfi (1985, 1987, 1989ª, 1989b 1996), según los
cuales, nuestra personalidad es resultado de la transmisión de formas de vida
recibidas durante nuestro crecimiento. Entonces, esperamos la satisfacción de
nuestras expectativas afectivas, aquellas que nos dieron satisfacción y las que nos
faltaron.
La consecuencia de nuestras expectativas desarrolladas en las narraciones
míticas familiares, es la constitución de aquello que Elkaïm (1995) llama “mapa del
mundo”. Es decir, la manifestación explícita de nuestros deseos hacia la persona
escogida como pareja. Sin embargo, detrás de dicha solicitud, se circunscribe el
mandato familiar, denominado “programa oficial”, según el cual nuestras demandas
no se podrán ver satisfechas. Por ejemplo, un niño al que se le dijo “te querré sólo si
1 bpintot@ucb.edu.bo
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eres perfecto”, expresará su mapa del mundo como “quiero que nuestra relación sea
perfecta”, mientras que su programa oficial señala de manera implacable “jamás te
querrán por lo que eres sino por aquello que haces”. Y como la perfección es
imposible, jamás podrá satisfacer su expectativa.
En la relación amorosa, por lo tanto, ponemos en juego nuestros tres “sí
mismos” (self): nuestro self perdido, el que reprimimos debido a las exigencias de
nuestros cuidadores. Nuestro self falso, que construimos para proteger nuestra
esencia. Nuestro self rechazado, constituido por las partes desaprobadas por nuestros
seres queridos (Hendrix, op.cit.).
Amar es legitimar (White y Epston, 1993), es decir, reconocer la existencia
de otro. Cuando las conductas del niño son valoradas, el pequeño se hace visible.
Cuando son ignoradas o rechazadas deja de ser. La patología de la comunicación
humana, indica que la descalificación es la peor manera de tratar a otro ser humano
(Watzlawick y otros, 1971). Todos hemos tenido la vergonzosa experiencia de
saludar con la mano a alguien y no recibir respuesta, algunos han tenido la
desventura de ser castigados con la “ley del hielo”. La consecuencia es la tremenda
sensación de no estar para el otro. En terapia narrativa (Linares, 2001) utilizamos el
término deslegitimación.
En la legitimidad existimos, nos hacemos dignos para el otro, y ese otro al
colocarse en nuestro lugar y entender nuestra demanda nos ama. En el amor
existimos. Es por eso que el adolescente se emancipa y desvincula (Haley, 1989)
para buscar un extraño que confirme su existencia, pues el cariño de los padres y
hermanos es “obligatorio”, deben querernos. Mientras que una persona externa a
nuestro núcleo familiar se confronta con nuestro yo y nos lo muestra como un
espejo.
El amor se constituye en un diálogo (Maturana, 1995) en el cual los
componentes de la relación construyen un espacio común, impenetrable para los
demás. “El amor es una autogestión radical sin controles externos mediante los que
sacar sus problemas del caos de la batalla y someterlos a juicio neutral…Las
personas ponen su encantamiento en las relaciones de la pareja, en el no mercado, y
cuándo éstas se tornan en conflictivas, en los hijos que, de esta forma, se convierten
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en la última contra-soledad y reencanto.”(Beck, y Beck-Gernsheim, 2001, págs. 13 -
. 14)
Nuestro amor es nuestro refugio, un lugar para ser dejando de ser,
despojándonos necesariamente de nuestra vestidura corporal y de nuestras máscaras,
develamos el alma, deshaciéndonos del yo. Por eso amar siempre duele, porque es
un riesgo, es jugarnos todo por el otro, mostrarnos para ser legitimados. El riesgo es
que nos dejen de querer, puesto que si amamos dejamos al otro en libertad de
elección.
El amor no es poder, es encuentro, no dominio. “El deseo de compañía, de
protección, de sentir que pertenecemos a alguien es inherente al ser humano…”
(Camaratta, 2000, pág.29). Buscamos la satisfacción plena de la vida, el
convertirnos en tres siendo dos (Caillé, 1990). Es en la “notrosidad” donde
reconocemos nuestro potencial creativo, el “bajarnos del mundo” para conformar
otro.
Aún no queda claro los motivos de elección de pareja, podría estar
determinada por factores biológicos de sobrevivencia de nuestros genes
(Eibleibesfeldt, 1993), motivos “inconscientes” ( Kernberg, 1998), el azar (Pinto,
2005), una elección racional (Wachs, 2001), procesos de condicionamiento (MvKay,
Fanning y Paleg, 1994).
En mi experiencia clínica con parejas, la respuesta al ¿por qué él? ¿por qué
ella?, queda siempre en el misterio. Lo curioso es que aquella persona que es elegida
está casi segura de los motivos por los cuales fue escogido. Cuando escucha a su
cónyuge expresar sus razones de elección, la sorpresa es inevitable. Recuerdo una
dama que pensaba que su esposo la escogió por los hermosos ojos negros que tiene,
sin embargo el marido indicó, que aquello que más le atrajo fueron sus senos; la
señora se asombró, puesto que ella percibía que su busto era demasiado pequeño.
Sea cual sea el motivo de la elección, las parejas atraviesan siempre un ciclo
durante su relación:
a) La etapa del enamoramiento. Cuando las feromonas y el deseo nos
embrujan entorpeciendo nuestros sentidos, gestando en nosotros un estado alterado
de la conciencia, una especie de adicción (Rodríguez, 2000), coincidente con los
criterios sintomáticos de un estado depresivo combinado con rasgos obsesivos. El
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efecto es el “encaprichamiento”, inundado siempre por el fuego intenso de la pasión
(Sternberg, 1998). Esta etapa es “psicótica”, normalmente fugaz, usualmente
intensa, y con frecuencia absolutamente irracional.
b) La etapa de la simbiosis. Una etapa que convendría evitar (Gikovate,
1996). Durante este estadio nos sentimos como en el vientre materno, dependientes
el uno del otro. Nos convertimos en una unidad indisoluble, en la cual es difícil
discriminar nuestro ser del otro. Es un eterno “orgasmo simultáneo”. Nuestra vida se
reduce a la convivencia con el otro. Es como estar solos en una isla, una “Laguna
azul”. Los demás son espantados por nuestra intensa intimidad. Es la etapa de los
sacrificios, los aparentes cambios para no ser abandonados. Como veremos más
adelante, es la trampa de la “colusión”.
c) La etapa del desencanto. Tarde o temprano, el sol deslumbrante de la
pasión es cubierto por las nubes de la realidad, y nos confrontamos con un extraño
¡pegado a nosotros! (Viscott, 1979). Reconocemos al otro sin el lente del deseo,
sufrimos la experiencia del desencanto. Quien nos acompaña no es Eros, es un
simple mortal, un ser de piel y huesos. Esta etapa es peligrosa para las personas que
no tuvieron otras experiencias amorosas, pues, creen que es el momento de la
muerte del amor. Cuando en realidad se trata del instante en que el amor es posible
recién, pues llega el momento de poner en práctica nuestras habilidades de
convivencia: “La mayoría de las parejas esperan del matrimonio dos cosas
indispensables en su relación: una satisfacción sexual permanente y la seguridad de
una relación íntima inmersa en el amor.” (Ellis y Harper, 2004). Para mantener esa
estabilidad es indispensable negociar.
La negociación facilita la discriminación de aquellos factores
complementarios de los que no los son, y se busca en conjunto la satisfacción de
ambos, pues el amor obliga a que el otro sea feliz, y aquello sólo es posible si le
aceptamos como es, y negociamos aquellas cosas que trae consigo que no coinciden
con nuestra forma de vivir.
d) La lucha de poder. La consecuencia ineludible de la etapa del desencanto,
cuando la pareja decide continuar junta, es la confrontación de valores. Cada quien
quiere ser la prioridad en la vida del otro. Surgirán los reclamos, los temores de las
desvinculaciones familiares, sociales y laborales. Los juegos para evitar decisiones,
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la aparición de los engaños, las trampas y las manipulaciones. Son momentos de
“pruebas de amor”, anunciadas con la tradicional frase “si me quieres…”. El
“nosotros” se convierte en un campo de batalla. Puede durar años, puede ser
efímero, dependiendo de las habilidades de convivencia conyugal, según McKay,
Fanning y Paleg: saber escuchar sin juzgar, saber expresar sentimientos y describir
con precisión nuestras necesidades, reforzarnos positivamente de manera recíproca,
generar una comunicación clara, identificar nuestras distorsiones cognitivas,
negociar, saber afrontar y resolver problemas, proteger y encontrar técnicas para
cambiar las estrategias negativas de reracionamiento, controlar nuestra rabia, ayudar
a que el otro controle su rabia, aprender a hacer pausas en la relación, identificar los
esquemas comportamentales y cognitivos del cónyuge, poner límites a la familia de
origen, reconocer nuestros mecanismos de defensa, identificar el sistema de defensa
de nuestro cónyuge, definir con precisión las reglas y cumplirlas.
Sager (1980) fue el primero, en comprender que la relación de pareja es
mucho más que amor, y dedicó su trabajo a la identificación de los “contratos
matrimoniales” explícitos e implícitos. En ellos se establece las normas de
convivencia de la pareja. Pues debemos ser conscientes que aquella persona que
llevamos a vivir con nosotros proviene de otra cultura, tiene un sexo diferente al
nuestro, posee hábitos distintos, casi siempre tendrá algún valor inconsistente con
alguno de los nuestros, considera ciertas cosas de la vida más importantes que
nosotros, posee creencias distintas, y seguramente tiene expectativas distintas a las
nuestras en relación a la idea de “familia”.
e) La desvinculación. Una vez que la pareja reconoce la individualidad del
otro, cada cónyuge acepta la posibilidad de mantener y crear espacios personales, sin
descuidar el espacio conyugal. Este proceso suele ocurrir, por lo general, durante el
nacimiento de los hijos. Los niños promueven la desvinculación conyugal para
acomodarse entre sus padres. En las familias funcionales, los padres saben mantener
el espacio conyugal protegido de la invasión de los hijos, mientras que las
disfuncionales permiten la desaparición del espacio de la pareja, entregándoselo a
los pequeños. Si el nacimiento de los hijos coincide con una lucha de poder
encarnizada, entonces, se estructuran triangulaciones con alianzas y coaliciones
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(Guerin, Fogarty, Fay, Gilbert, 2000). Si la presencia de los hijos coincide con la
etapa de la simbiosis, el triángulo será patológico.
Este momento es crucial para el mantenimiento del matrimonio, pues obliga
a que los cónyuges asuman la responsabilidad de su propio amor, en vez de
preocuparse por el amor del otro. Asumen la posibilidad de dejar de ser amados,
reconociendo que el amor exige la felicidad del otro, y si ésta se forja separándose
de uno, entonces, se dejará partir al amado. Son momentos confusos, se enredan los
sentimientos y se utilizan todos los recursos de protección del yo. Se promueven
conductas desleales, como el adulterio, las adicciones, la violencia y otras.
En parejas jóvenes, suele ocurrir, que se confunda esta etapa con la
desaparición del amor. Suponen que el amor debe ser estable y eterno, lo cual es
posible únicamente si ambos dependen el uno del otro. Al reconocer la posibilidad
de la emancipación, se reviven los procesos de desvinculación de la familia de
origen, se teme ser abandonado, el fracaso del matrimonio, la desintegración del
hogar. De ahí, que es común que se decida la separación, cuando no existen
problema en la relación, sino simplemente, que el matrimonio maduró, permitiendo
la diferenciación de los esposos.
f) El re encuentro. Es la etapa final de la construcción amorosa. Una vez que
ambos cónyuges reconocen su soledad, recién pueden amar sin restricciones. Rilke
escribió: “Amar es estar solo”. La pareja permite la soledad. Es posible recién
mirarse a los ojos sin antifaces, es posible sentir las pieles sin guantes, es posible
respirar el perfume del alma sin máscaras. La pareja se encanta con su construcción,
ya no con el otro, sino con aquello que juntos elaboraron durante el transcurso de su
relación.
Revive la pasión, se descubren nuevas facetas en la personalidad de la persona
amada, se aprende a ingresar al mundo del otro con la seguridad de que será
protegido. No se lucha por el poder, caminan juntos hacia metas conjuntas, sin
entorpecer las metas individuales.
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La psicopatología conyugal.
Ay, en mis brazos he perdido a todas,
Sólo tú vuelves siempre a renacer:
Porque nunca te tuve, te retengo.
Rainer Maria Rilke
La psicoterapia de pareja no trabaja con los trastornos del individuo, sino con
los trastornos de la relación conyugal. Cada uno de los miembros de la pareja
cumple una función en la relación, la cual no necesariamente se presenta en las otras
relaciones sociales donde interactúan. La relación de pareja es un “mundo aparte”,
un lugar que se convierte en un ser. Este ser construido por los amantes puede
enfermar. Esta enfermedad afectará a los amantes, a sus hijos, a sus familias de
origen, amigos y a otras redes sociales.
El terapeuta de parejas considera a los cónyuges como sus colaboradores en
el trabajo laborioso de curar al matrimonio. Gilbert y Shmukler (2000), indican que
la labor del terapeuta debe dirigirse a la potenciación de capacidades de los
cónyuges para que puedan afrontar los problemas que impiden una relación
funcional.
La psicopatología conyugal se inicia en las etapas tempranas del
enamoramiento, en la cual se “inicia la elaboración del conjunto de demandas
específicas de cada futuro cónyuge para acomodarlas a los proyectos a realizar en
una posible relación conyugal futura” (Montoya, 2000, pág. 24).
La pareja se estanca en las etapas iniciales de su ciclo vital: enamoramiento,
simbiosis o lucha de poder. Temen el desencanto, evitan el cambio, estableciendo un
vínculo negativo (García, 2001), el cual consiste en sustentar una esperanza vana de
obtener un satisfactor que el cónyuge no posee. La pasión reemplaza al amor durante
el empantanamiento en las arenas movedizas del enamoramiento. La protección
reemplaza al amor durante el enmarañamiento de los tentáculos de la simbiosis. El
poder reemplaza al amor, durante la guerra por el dominio.
Para amar es imprescindible reconocer la falsedad del yo y del entorno
artificial. Eso es posible únicamente en personas que fueron capaces de trascender
(Pinto, 2005b), en individuos que reconocieron su libertad de decisión, y que se
atreven a jugarse totalmente por el otro.
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Quienes se aferran a su yo (narcisistas), y quienes se aferran al yo del otro
(dependientes), son incapaces de amar. Esperan aquello que nunca recibieron, o
confunden amar con condiciones de apego infantiles.
Durante mi trabajo con cientos de parejas paceñas, he identificado tres tipos
de procesos psicopatológicos: la colisión, la colusión y la complementariedad.
La colisión.
Me dueles.
Mansamente, insoportablemente, me dueles.
Toma mi cabeza, córtame el cuello.
Nada queda de mí después de este amor.
Jaime Sabines
Durante la etapa del “desencanto”, uno o ambos de los cónyuges se percatan
de la incongruencia de la relación. Identifican la ausencia de intereses comunes,
expectativas distintas acerca de lo que esperan de la relación, sistemas de valores
irreconciliables, insatisfacción sexual. A todo ello se suma el descubrimiento de
estructuras de personalidad con expresión de comportamientos que provocan
profundo malestar.
El darse cuenta de la incompatibilidad, ocurre generalmente de manera
abrupta, aunque la persona intuya durante distintos momentos de la relación aquellos
aspectos inadecuados para sus expectativas. “La mayoría de nosotros nos
desanimamos cuando nuestra pareja no está dispuesta a cambiar o a hacer funcionar
la relación.” (O’Hanlon y Hudson, 1997, pág.13).
Basta que uno de los miembros de la relación se sienta afectado para que la
pareja se derrumbe. Mucho más si ambos se percatan de que el otro no coincide con
sus esperanzas de satisfacción. La relación de pareja es una danza (Kershaw, 1994).
Es como bailar cueca, el varón y la mujer deben saber coordinar los pasos,
identificar el momento musical para discriminar la quimba del zapateo. Si uno de los
danzantes en vez de seguir los pasos de la cueca intenta realizar pasos de huayño, el
efecto coreográfico será lamentable.
Cuando ocurre ese “despertar” repentino, se experimenta un “choque”. La
palabra que he escogido para referirme a esta situación es colisión. Palabra que
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proviene del latín: collisionis, de collidere, chocar, rozar. La ilusión del otro se
desvanece cuando la persona choca con la forma de ser inadecuada para convivir.
La colisión es impulsiva e irracional, a diferencia de aquellas rupturas
amorosas racionales, en las cuales, durante el desencanto, las personas analizan la
imposibilidad de continuar juntos debido a la consideración de los siguientes
aspectos: honestidad, confianza, lealtad, monogamia, planes compartidos, objetivos
compartidos para la relación, acuerdos financieros, intereses intelectuales,
comunicación, atracción sexual, cultura, relaciones sociales extensas, intereses
similares, inversión en la relación, diversión. Según Wachs (op.cit.), una ruptura
racional se debe dar cuando se presenta maltrato físico o sexual, ausencia de respeto,
restricciones a la libertad concomitantes a excesivo control, infidelidad, el otro no
siente amor. Continuar una relación ante la presencia de cualquiera de los aspectos
mencionados, es una estupidez, puesto que son claras señales de incompatibilidad.
El análisis racional de la compatibilidad, sólo es posible en personas
maduras, es decir, aquellas que se desvincularon de sus padres, aprendieron a vivir
solas, se mantienen económicamente sin depender de otros, y soportan la
experiencia del dolor. Una persona inmadura difícilmente analiza con racionalidad
su situación conyugal, está encaprichada o atemorizada, confunde el amor con la
pasión, o prefiere mantenerse al lado de alguien que le daña a enfrentar su soledad.
En la colisión, el descubrimiento de la incompatibilidad es repentino, escapa
al análisis racional, acontece después de una experiencia traumática, la decepción
ante la evidencia de un acto de deslealtad, el surgimiento intempestivo de otra
persona que provoca sentimientos más intensos, situaciones externas que
demuestran la irrelevancia de la relación. La colisión se experimenta como un
“terremoto” en el espacio amoroso, tanto para aquél que se da cuenta de la
incompatibilidad como para el compañero; o para ambos cuando la experiencia es
compartida.
La colisión antes de la convivencia es una situación dolorosa, pero que
permite evitar la consolidación del compromiso. Cuando el “despertar” se da en uno
solo de los miembros, el que aún se encuentra encantado no entiende la repentina
decisión de su pareja. Entra en un estado de desazón, el cual no tarda en convertirse
en depresión.
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Se trata de una pérdida inesperada, tal como ocurre en la muerte repentina de
un ser querido. El duelo es difícil, la angustia y la desesperación pueden ocasionar
reacciones impulsivas destructivas o autodestructivas. La manera usual para evitar el
dolor es la racionalización, se busca una explicación, se mantiene una esperanza de
retorno del amado.
La persona que se aleja, siente alivio, es “como sacarse un peso de encima”.
Sin embargo, algunas experimentan culpa, pues sienten que engañaron, cuando en
realidad ellas mismas se estuvieron mintiendo al mantener una falsa imagen del otro.
La culpa es más probable, cuando el compañero utiliza estrategias manipuladoras
para colocarse en el papel de víctima.
La colisión puede ocurrir durante la convivencia, y en ese caso la situación es
muy grave, pues la pareja está bajo un pacto de compromiso; esto ocurre cuando las
personas deciden convivir sin haberse dado tiempo para conocerse, tal como señala
Haley (2000): “La más conocida de las razones equivocadas para casarse es la de
precipitarse en el matrimonio como medio de evitar alguna otra cosa. Para salir de
una mala situación, se elige una compañía que ha de durar toda la vida. Hay muchas
situaciones de las cuales quisiéramos escapar: uno puede casarse para salir de la
pobreza, para no ir más a la escuela, para no tener que ganarse la vida trabajando. La
razón errónea más común es escapar de la propia familia.” (pág. 115).
Si la pareja colisiona en el matrimonio teniendo hijos, la problemática es
mucho peor, puesto que los pequeños verán la explosión producida durante la toma
de conciencia de la equivocación, para luego vivir en medio de un vacío conyugal o,
aún peor en un campo de batalla.
El divorcio difícil suele ser consecuencia de una pareja en la cual uno de los
esposos sigue amando a aquel que ha colisionado, el amor se transforma en odio, y
el despechado utilizará todos los recursos posibles para impedir el alejamiento de su
pareja, sin percatarse que por cada arremetida destructiva, lo que ocasiona es más
alejamiento (Isaacs y otros, 1986).
Cuando la persona despechada tiene un trastorno de personalidad grave
(personalidad limítrofe, personalidad paranoide, distimia), es posible esperar
consecuencias dramáticas: suicidio, asesinato, secuestro de los hijos, difamación de
la pareja, etc. En otros casos, se producirá una aparente calma, hasta que la persona
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desencantada comienza una nueva vida, entonces aparece el despechado para
destruir la más pequeña posibilidad de felicidad de su antiguo compañero.
Los hijos pueden convertirse en aliados del progenitor rechazado,
manifestando explícitamente su furia contra el otro. También pueden desarrollar
síntomas para incrementar los sentimientos de culpa de aquél que se aleja, desde
disminuir en su rendimiento escolar, hasta recurrir al uso de drogas.
Caso 1.
Carmen* es una mujer de cuarenta y ocho años, está casada hace veinte con
Ernesto quien tiene cincuenta y dos años. Son padres de dos hijos: Rosaura de
veinte años, y Juan de dieciocho. Se conocieron en un partido político durante los
años de dictadura, ambos fueron apresados y torturados. Con el tiempo pasaron de
camaradas a amigos. Una vez que falleció la madre de Carmen, quedó sola y
deprimida en su casa. Ernesto estaba intensamente enamorado de ella, por lo que le
propuso matrimonio. Carmen lo veía como un amigo, pero consideró que era una
solución a su estado depresivo, y decidió aceptarlo como marido. El único espacio
común era la política. Él era introvertido, ella extrovertida. Ernesto prefería
actividades intelectuales, la soledad y evitar situaciones sociales. Carmen en
cambio, era una mujer aventurera, no le gustaba leer, le encantaba divertirse con
sus amigos. A la incompatibilidad de intereses, se sumaba la diferencia de
temperamento sexual. El esposo tenía muy poco interés en las relaciones sexuales,
quizás debido a las torturas a las que se vio sometido; mientras que la esposa era
muy cálida afectivamente y con demandas sexuales novedosas. Al poco tiempo de
casados se vieron esperando a Rosaura, su nacimiento ocasionó la aparición de una
relación parental impecable, la cual derivó en un descuido absoluto de la relación
conyugal. Después del nacimiento del hijo varón, las cosas se tornaron más claras:
Carmen y Ernesto estaban juntos como padres, mientras dejaban de ser pareja. La
crisis sobrevino cuando Rosaura se va a una universidad del exterior, y Juan sale
bachiller. Carmen, durante un viaje de trabajo a la ciudad de Cochabamba, conoce
a Javier, un señor de cuarenta y dos años, que había enviudado hace un año. Al
poco tiempo de relacionarse, ambos quedan enamorados. Carmen dirá en la terapia
* Los nombres utilizados y algunos datos han sido cambiados, para proteger la identidad de los pacientes.
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que recién conoció el sentimiento de amor. Esta situación le hizo colisionar con
Ernesto. Reconoció que no sentía nada por él, y que había perdido su tiempo como
mujer desde que se casó. Antes de formalizar la relación con Javier, decide
comunicar a sus hijos su determinación, y éstos se ofenden profundamente. La hija
escribe al un mensaje electrónico al padre contándole la relación extramarital de la
madre. Ernesto al enterarse del suceso se desespera. Consigue un revólver y cuando
la esposa retorna del trabajo le apunta con el arma mientras llora desconsolado.
Por suerte, en el momento en que aprieta el gatillo, se tranca, impidiendo la
expulsión de la bala. Carmen, más corpulenta que el esposo, le desarma y huye de
la casa. Después de ese incidente se inicia la terapia de pareja. Duró un año.
Carmen inició el divorcio y Ernesto utilizó todo su poder político para “dejar en la
calle” a su esposa. Fue devastador, ambos hijos rechazaron a su madre a quien no
dejaron de tildar de “traidora”. Finalmente Carmen formalizo su relación con
Javier. Cuando el esposo se enteró del suceso, amenazó de muerte al contrincante.
El desenlace del caso fue que Carmen y Javier tuvieron que irse del país.
La colusión
Algo he de andar buscando en ti,
Algo mío que tú eres
Y que no has de darme nunca.
Quisiera hablar de ti a todas horas
En un congreso de sordos
Enseñar tu retrato a todos los ciegos que encuentre.
Jaime Sabines
El concepto de colusión es utilizado por Jurg Willi (1993) para referirse a
aquellas relaciones donde se presentan juegos patológicos, los cuales tienen como
consecuencia la imposibilidad de mantenerse juntos y separados; es decir, cuando se
acercan demasiado temen perderse en la relación por lo cual se distancian, pero al
distanciarse se sienten abandonados, por lo que vuelven a buscarse.
La palabra colusión proviene de la voz latina colusione, significa un ajuste
secreto y fraudulento entre dos personas en desmedro de un tercero. Es la colusión la
causa de la triangulación de los hijos (Pinto, 2005ª).
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Según este concepto, las parejas colusionan cuando ambos esperan del otro la
satisfacción de sus necesidades infantiles no satisfechas. Como no recibieron lo que
esperan, no pueden reconocer aquello que reciben, por lo cual se mantienen en
permanente estado de insatisfacción. Lo llamativo de este tipo de vínculo es la falta
de toma de conciencia de la situación. Cada quien espera que el otro cambie, y toda
la responsabilidad por el matrimonio defectuoso es responsabilidad del compañero;
ambos se acusan, pero ninguno cambia. “Cuando los compañeros interactúan, el
vocabulario que usan y las conductas que manifiestan crea una especie de danza
hipnótica en virtud de la cual el comportamiento de cada uno empieza a reducir el
foco de atención del otro. Este proceso suele despertar recuerdos dolorosos y
provoca sentimientos de intensa vulnerabilidad relacionados con el pasado, quizá
con los padres y otras personas encargadas de la crianza. Cuando los compañeros
intentan discutir lo que los perturba, más se asustan y más vulnerables se vuelven; se
sienten y actúan como personas más jóvenes de lo que conviene a su edad, y acaso
terminen intensificando el conflicto de una manera que oscurezca el recuerdo
perturbador.” (Kershaw, op.cit. pág. 19)
La colusión detiene a la pareja en la etapa de la simbiosis, están atrapados en
la cárcel de su pseudo amor: “Se vive solo, se encuentra prisionero y carcelero de sí
mismo. Se encuentra alguien que, por sus razones, está dispuesto a desarrollar un
tipo de comportamiento que corresponde a su propio mapa del mundo, entonces uno
se vuelve prisionero y el otro carcelero. El conflicto de pareja da la oportunidad de
alejar de sí una contradicción interna, experimentando un nivel de doble vínculo
como si fuese impuesto de afuera.” (Elkaim, 1995)
El origen de la colusión, se remonta a la historia vivida en la familia de
origen. En ella, la persona estuvo “triangulada” en la relación con sus padres, es
decir, no pudo desvincularse del conflicto relacional de ellos, debido a que
estableció algún tipo de pacto de protección con alguno de ellos. No fue legitimado
por lo que era, sino por la función que debía cumplir dentro o fuera de la familia. Si
recibió cariño, éste fue a condición de aliarse con uno de sus padres en contra del
otro. En otros casos, cuando el triángulo fue rígido, asumió el rol del hijo o hija
parental (Minuchin, 1986), en el sentido que tuvo que hacerse cargo de sus padres,
como si éstos fueran sus hijos. Otra estructura triangular común es la perversa
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(Haley, 1967), en la que se es seducido por uno de los progenitores colocándose
como pareja de éste y despreciando al otro. Finalmente el triángulo más destructivo
es el patológico (Bowen,1978), en el cual se desarrollan juegos patológicos,
caracterizados por la pseudomutualidad, es decir, la aparente reciprocidad afectiva
entre el progenitor y el hijo aliado, cuando en realidad el padre o la madre utilizan su
poder a través del engaño amoroso para agredir a su cónyuge a través del falso
apego que se demuestra hacia el hijo, el cual una vez utilizado será abandonado.
Para colusionarse es necesario que ambos miembros de la pareja provengan
de familias en las cuales estuvieron triangulados, esperan en su matrimonio
estructurar un sistema distinto al que vivieron, idealizando el amor o confundiéndolo
con otros sentimientos. Se mantienen como estancados en la etapa de su niñez donde
se percataron de ser partícipes de una pelea que no les pertenecía. Cada uno de los
miembros de la pareja, cargan consigo dolores ajenos, los cuales se manifiestan en
forma de angustia (Pinto, 2004), la cual afanosamente busca un justificativo.
Cuando un dolor pertenece a otro, se trata de un sentimiento inexplicable, sin
haber experimentado una pérdida real, se sufre como si hubiese ocurrido. Es un
sufrimiento implacable, interminable e intenso. La persona colusionada vive con la
esperanza de entender su dolor y realizar las promesas de sus padres que jamás se
cumplieron en el amor de su cónyuge. Lo patético es que el cónyuge espera lo
mismo de él, por lo que cada cual está preocupado en ser amado en lugar de amar.
Han establecido erróneamente que el amor que se condiciona al amor que se
recibe, se afanan constantemente en asegurarse que son amados. Pero se trata de una
demanda infantil, que sólo pudo ser satisfecha durante su niñez. Llama la atención
que cuando están a punto de recibir lo que piden, boicotean la posibilidad de
satisfacerse. ¿Por qué?
La respuesta la encontré, cuando entendí que un niño que no ha sido
legitimado, no desarrolla la capacidad de hundirse en su vacío al reconocer la
artificialidad de su yo. Y como he mencionado al inicio de este artículo, para amar
es indispensable desprenderse del yo. Cuando no se ha recibido un apego seguro
(Bowlby, 1985) no es posible construir un yo independiente a las exigencias de los
padres, es decir, se vive en función a la expectativa de ser valorado, lo que conlleva
a la formación rígida de un sí mismo falso, el cual será el germen de un trastorno de
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personalidad: “un patrón desadaptado y duradero de experiencia interna y conducta,
que data de la adolescencia o de la adultez joven, y que se manifiesta en al menos
dos de las siguientes áreas 1) cognición, 2) afectividad, 3) funcionamiento
interpersonal y 4) control de los impulsos. Este patrón inflexible se hace evidente en
diversas situaciones personales y sociales, y provoca malestar y deterioro” (Halgin y
Krauss, 2004).
Quien tiene un trastorno de personalidad es incapaz de reconocer el mundo
desde la perspectiva de los demás, no puede empatizar, se trata de un ser solipsista,
la realidad funciona como él considera con absoluta certeza que funciona. Está
enfrascado en su yo. Según Gikovate (2001) se presentan en dos polos, el polo de
los “egoístas” y el de los “generosos”.
Los egoístas han aprendido a protegerse del asedio de sus padres,
construyendo un yo magnífico, aprendieron a “hacerse solos”, independientes,
capaces de sobrevivir sin necesitar de los demás. Todo gira alrededor de sus deseos,
la prioridad es el mantenimiento de aquellas cosas artificiales que componen su
estructura yoica: la profesión, el éxito, sus habilidades de conquista, su belleza
física, etc. Confunden el amor con el poder, por lo que buscan parejas a las cuales
dominar, controlar, poseer. Y esperan ser admirados y respetados. Dentro de este
grupo están los narcisistas aislados, como el esquizoide, y los narcisistas perversos,
como el antisocial.
Los generosos han aprendido a ser protegidos y a proteger, viven en función
de lo que los demás esperan de ellos, “son para los demás”. Viven ayudando y
salvando a los demás, con la esperanza de que hagan lo mismo por ellos. Todo gira
alrededor de las demandas del otro, el sentido de su vida es satisfacer a cualquier
costo las necesidades ajenas. Priorizan la entrega, la bondad y la caridad. Confunden
el amor con la protección y la pena, por eso buscan alguien a quien cuidar toda la
vida. Esperan recibir gratitud, y protección. Dentro de este grupo están las
personalidades dependientes, evitativas y depresivas.
Quizá la más perfecta colusión es la que se establece entre la personalidad
histérica y la obsesiva compulsiva: “Ambos llegan al matrimonio navegando en las
nubes, pero la crisis se inicia después de la ceremonia nupcial o muy poco tiempo
después. Pues ambos se atacarán para evitar el sometimiento ni bien surja la más
16
mínima debilidad en el compañero. Las pequeñas cosas de todos los días son motivo
de acaloradas riñas, las cuales no se resuelven nunca porque ninguno es capaz de
trabajar en el cambio de principios y la solución producirá el reencuentro afectivo, lo
cual es peligroso pues se corre el riesgo de perder nuevamente la identidad. La
esposa histriónica reclama que el esposo no es detallista ni romántico, pero cuando
el marido responde según las expectativas de ella, la esposa descalifica el cambio
por no ser espontáneo. De ahí la experiencia paradójica que empuja al esposo a la
desesperación. El esposo en cambio demanda responsabilidad y orden en la vida de
la esposa, ella plantea que sólo cambiará cuando él cambie Ninguno se escucha,
ambos están predispuestos al contraataque y no existe ninguna comunicación
auténtica. La pasión se apaga rápidamente y desaparece la intimidad, quedando un
amor vacío repleto de odio y juegos de guerra. El obsesivo no abandona la contienda
debido a los fuertes sentimientos de culpa que existen dentro de él, mientras la
persona histriónica tampoco abandona el campo de batalla pues la rabia de alguna
manera evita el encuentro con el vacío. La guerra se detiene solamente si uno de los
dos manifiesta reales planteamientos de separación, alguno enferma de gravedad,
ocasionando la amenaza de muerte y por lo tanto de abandono. Cada uno quiere ver
al otro en absoluta sumisión sin depender demasiado.” (Pinto, 2005, pág. 102)
Sternberg ha identificado distintas historias de amor que se van desarrollando
en las relaciones conyugales, aclara la idea de la influencia de los mitos familiares
desarrollada por los terapeutas familiares transgeneracionales, escribe: “Cada
individuo además de contar con una historia personal sobre la relación amorosa,
tiene también una concepción de la historia que comparte con su pareja. Esta historia
puede coincidir o no con la historia individual y, por supuesto, los miembros
integrantes de la pareja pueden tener concepciones diferentes sobre la misma.”
(Sternberg, 1999, pág.29)
Sucede que en las parejas colusionadas, cada quien está seguro que su
relación responde a determinada historia, cuando cada quien tiene una historia
diferente. En los terapeutas novatos, estas narraciones resultan exasperantes, puesto
que al tratar de encontrar una lógica coherente al sistema conyugal, se alían con
aquella historia más coincidente con la propia historia del terapeuta. La
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consecuencia es una terapia interminable, y un desgaste físico y emocional del
psicólogo.
La pareja en colusión no es conciente de la ausencia de conyugalidad, tiene
que ocurrir un hecho de violencia o de infidelidad, para que busquen ayuda, o lo que
es más común, el hijo triangulado, expresa síntomas graves por lo que es llevado
para atención psicológica. El síntoma del hijo, sin embargo, es la protección que
encuentra para evitar la angustia que le produce el dolor de sus padres.
La terapia de pareja en parejas colusionadas, tiene necesariamente que
dirigirse a las heridas producidas en la infancia, lo cual resulta muy doloroso para
los pacientes, quienes al reconocer en el comportamiento de su cónyuge la
manifestación de sufrimientos antiguos, entienden lo que ocurre en el vínculo
amoroso establecido entre ellos. Emerge el niño y la niña abandonados, rabioso,
descorazonados, y encuentran en su pareja aquél que puede hacerlos crecer. Una vez
definidas las carencias infantiles, los miembros de la pareja, recién pueden
establecer una relación amorosa, al pasar de la etapa simbiótica a la etapa de la
desvinculación.
Durante ese proceso, es probable la presencia de estados depresivos, debido a
la evidencia de no haber vivido su propia vida, sino, haber sido víctimas de
expectativas ajenas. Reconocer el daño que causaron a su cónyuge y el daño
recibido, produce sentimientos de culpa y vergüenza. Deben identificar los
resentimientos aun presentes, reflexionar sobre la posibilidad de perdonar. Y
finalmente decidir si vale o no la pena jugarse por el otro, estableciendo un nuevo
contrato matrimonial.
Caso 2
Martín es un joven empresario de veintiocho años, casado hace tres años
con Susana de veintisiete años quien trabaja como periodista. El esposo proviene de
una familia en la cual tuvo que asumir el rol de padre cuando tenía quince años
debido a la muerte intempestiva de su papá en un accidente de trabajo. Desde que
muere el padre, Martín cuida a su hermana menor y tiene que proteger a su madre
quien entra en un cuadro depresivo crónico. Se esmera en los estudios, logrando
éxitos precoces, los cuales entusiasman a la madre, quien se siente orgullosa de su
hijo. Susana fue la hermana menor de una familia con cinco hijos, tiene diez años
18
menos que el hermano que le antecede. Sus padres se divorcian cuando ella tiene
dos años. El padre se va de la casa con otra mujer, desapareciendo de la vida de
Susana. La pequeña fue víctima de burlas de sus hermanos, debido a que era la más
morena, fue maltratada por el hermano mayor que asumió el papel de un padre
rígido. Su madre se dedicó a trabajar para mantener la familia, por lo que Susana
quedaba al cuidado de sus hermanos mayores. Martín y Susana enamoran durante
dos años. Martín espera que Susana valore sus logros, y Susana espera que Martín
la proteja. Después de dos años de casados, Susana se embaraza y sufre un aborto
espontáneo que la sume en una depresión. Martín se exaspera al contemplar que su
esposa se derrumba como su madre, y la presiona para que salga de su estado
melancólico, utilizando insultos como hacían sus cuñados. La relación se entorpece,
mientras más la presiona Martín, más se deprime Susana, y viceversa. Finalmente
deciden buscar ayuda terapéutica.
La complementariedad
Le pedí en una súplica suprema
Que me diera su ser…y al estrechar
Su cuerpo contra el mío me decía:
¡No puedo darte más!
Manuel Magallanes Moure
La comunicación humana establece dos formas de relación: la simétrica y la
complementaria. La primera se refiere a dos interlocutores situados a un mismo
nivel de poder; mientras que en la complementaria uno de los interlocutores tiene
dominio sobre el otro (Watzlawick y otros, op.cit.). La palabra “complemento”
proviene del latín complementum, significa la cosa, cualidad o circunstancia que se
añade a otra para hacerla íntegra o perfecta.
He escogido el término complementariedad para referirme a la
psicopatología conyugal, en la cual se establece un vínculo materno – filial o paterno
– filial, que mantiene satisfechos a los cónyuges. Como consecuencia de tal forma
de relacionarse, la vida sexual de la pareja es deplorable, la desvinculación es
imposible, los juegos patológicos para mantenerse juntos son muy frecuentes, y
cuando asumen el rol parental los hijos se convierten en estorbo para la persona que
ocupa el lugar de hijo.
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Podemos establecer dos tipos básicos de complementariedad: la
complementariedad protectora y la complementariedad castigadora. En el caso de la
protectora, uno de los cónyuges se comporta como un progenitor sobreprotector,
resuelve los problemas de su consorte, lo mima como si se tratara de un niño
indefenso, evita producirle el más mínimo estado de perturbación. En la
complementariedad castigadora, uno de los cónyuges se comporta como un
progenitor estricto y severo, es autoritario, ordena la vida de su pareja, le castiga
físicamente o verbalmente cuando no le obedece, corrige sus modales, establece
reglas rígidas para controlarle.
Las personalidades con tendencia a colocarse en el rol de cónyuge protector
son los obsesivos y dependientes. Las que buscan una “madre” para que les cuide
son las personalidades evitativas, distímicas, histéricas y dependientes (Martin,
1983). En el caso de los que buscan protección, suelen ser varones que “no
manejaban bien sus asuntos personales, competían mal con otros hombres y
recurrían a las mujeres en procura de sostén y consuelo; bordeaban la
impulsividad…” (Martin, op.cit., pág. 26).
La organización de la relación conyugal se caracteriza por un inicio, en el
cual la persona desvalida busca ayuda en la protectora; por lo general el dependiente
es más joven que la persona protectora. Quien cumple el rol maternal, mantiene
económicamente a su pareja, lo ayuda en su formación profesional, sacrifica muchas
actividades vitales para encargarse de cuidarlo. La codependencia (Beattie, 1994), es
una manera extrema de este tipo de relación. El sentido de vida de la persona
protectora se centra en erradicar el “vicio” de su pareja; ambos se enredan en un
círculo vicioso, a mayor lucha en contra de la adicción por parte del miembro
protector, más se apega a su adicción el sujeto dependiente.
En el caso de la complementariedad castigadora, se establece un vínculo sado
– masoquista: “el masoquismo puede describirse como un amplio campo de
fenómenos normales y patológicos centrados en la autodestructividad motivada y en
un placer conciente o inconsciente en el sufrimiento...” (Kernberg, 1998, pág. 217).
Navarro (2000) utiliza el término “violencia castigo” cuando identifica un vínculo
donde existe un castigador y un castigado, se trata de una manera para perpetuar una
20
relación de desigualdad y dominio, establecer quien manda y quien obedece: el
fuerte y el débil, el sabio y el ignorante.
Las consecuencias de este tipo de complementariedad son graves, puesto que
destruye la identidad, la persona castigada se debe amoldar a las expectativas del
dominador, renuncia a cualquier atisbo de autenticidad, y se comporta evitando
aquellas cosas que irán a producir enojo en su cónyuge. Por su parte el castigador
encuentra en su relación la posibilidad de disfrutar del poder, y mantenerse siempre
encima de su pareja, siendo el lugar donde se siente respetado y temido.
Las personalidades con tendencia a buscar parejas castigadoras son las
evitativas, las dependientes, las histéricas y las pasiva – agresivas. Aquellas que
tienden a colocarse en el rol de castigadores suelen ser antisociales, obsesivos,
paranoides, histéricos (en el caso de los varones) y algunos distímicos.
La historia conyugal comienza con el encuentro de una persona con
sentimientos de inferioridad que ve en el otro alguien superior, que le podrá ayudar
a crecer y a enfrentar la vida. Suele darse inicialmente como una historia “profesor –
estudiante” y con el tiempo se convierte en una historia de terror (Sternberg, 1999).
La persona que se coloca encima, disfruta de ser obedecido, le excita atemorizar,
está convencido que su pareja es incapaz de tomar decisiones y que el castigo es una
buena manera para corregirla; de ahí que sea frecuente su frase: “lo hago por tu
bien”. Mientras que la persona que se coloca debajo sólo toma decisiones bajo
presión, prefiere que sea el otro que decida por ella, asume ser incapaz de resolver
problemas por sí sola y considera a su pareja mucho más inteligente y fuerte que
ella.
Los celos patológicos tienen muchas posibilidades de producirse dentro de
una relación complementaria castigadora, principalmente en aquellos casos en los
cuales el dominador tiene rasgos paranoides u obsesivos. “El celoso vive las
exigencias de un amor posesivo. Surge a través de ciertos tipos de vinculaciones
intensas hacia la persona amada y genera una tendencia de expresar una posesión
exclusivista, por miedo o riesgo de pérdida.” (Cavalcante, 1997, pág.23). Cualquier
amenaza real o imaginaria que ponga en riesgo la pérdida del poder, ocasiona un
estado de angustia, para evitarlo el celoso impone rigurosas reglas, actúa con
21
violencia en contra de su pareja, la aparta de cualquier persona o situación que
pueda convertirse en prioridad y le reemplace.
Las consecuencias son funestas para los hijos en ambos casos de
complementariedad conyugal. En el caso de la protectora, los pequeños pueden ser
abandonados porque se prioriza la relación “conyugal”, situación que irá a derivar
en la estructuración de una depresión mayor (Linares y Campo, 2001); otra
alternativa es el desarrollo de celos por parte del progenitor “hijo”, ocasionando
desprendimiento afectivo hacia los niños o castigos severos. Otra manera que tiene
de actuar la persona que es desplazada por los hijos es buscar una “madre sustituta”,
estableciendo una relación extramatrimonial.
En el caso de la complementariedad castigadora, los hijos pueden aliarse con
la madre para protegerla de las agresiones del padre, o desplazar al progenitor
dominado para enfrentar de manera simétrica al dominador.
La complementariedad puede sufrir una colisión, la cual conlleva a la ruptura
o a la consolidación de la pareja. Usualmente en cualquiera de sus formas, quien
colisiona es el miembro de la pareja que se encuentra en la posición inferior. En la
protectora, si el “trabajo” de madre ha sido bien realizado por la persona
dominadora, el dominado crece como persona, se realiza, y generalmente al lograr la
simetría con su consorte, decide abandonarla, pues la colisión le demuestra
desagradablemente que ¡estuvo casado con su madre! En la castigadora, la persona
maltratada, reconoce su situación de maltrato, colisiona con la imposibilidad de
cambiar a su cónyuge, finalmente decide acabar con la esperanza y asume medidas
legales para terminar con la relación.
Como se ve, las posibilidades de ruptura son mayores que las de
reconciliación, quizá ésta se logre solamente a través de procesos terapéuticos.
Como la confianza ha sido reemplazada por la dependencia en un caso, y el miedo
en el otro, las posibilidades de activar el amor son muy difíciles, sobre todo si la
colisión se produce fuera del contexto terapéutico.
22
Caso 3
Manuel es un médico de treinta y dos años, tiene problemas con el alcohol
desde ocho años atrás, tiempo en que fallece la madre con quien vivía, fue hijo
único, no tuvo padre, de tal manera que su vida se centraba en el cuidado de su
enfermiza madre. Al poco tiempo de fallecer su madre, después de un intento
infructuoso de suicidio, conoce a Katia, una psicóloga de cuarenta años, con la que
establece una relación de pareja. Terminan casándose después de cuatro meses de
enamoramiento. Katia proviene de una familia numerosa con seis hermanos
varones, ella es la tercera; vivió con mucho sufrimiento debido a que su padre tenía
problemas serios con el alcohol, lo que generaba un ambiente hostil, principalmente
por el maltrato que el señor realizaba en contra de su esposa. Desde que se
conocieron, Katia supo que Manuel era alcohólico, y trató de ayudarlo de muchas
maneras. Durante el matrimonio, lo iba a buscar a las cantinas, arrojaba las
botellas que encontraba escondidas en la casa, lo reflexionaba, inclusive recurrió a
una colega para que le ayude terapéuticamente. Durante los momentos de
sobriedad, Manuel ingresaba en estados depresivos los cuales eran contenidos por
su esposa, quien le consolaba, y era frecuente que lo arrullara como si se tratase de
un bebé antes de dormir. No tuvieron hijos, pues ella tenía un problema de
esterilidad. Durante el último año de su matrimonio, Manuel ingresó a Alcohólicos
Anónimos, al cabo de tres meses, paró de beber. Cuando se había mantenido sobrio
por más de ocho meses, le planteó a Katia el divorcio. Ella me busco para que le
ayude a salir de la depresión crónica en la que estaba sumida.
Caso 4
Laura era una hermosa muchacha de dieciocho años, proveniente de una
familia con prestigio social y económico de la ciudad de La Paz. Sus padres eran de
Sucre, y se vanagloriaban de sus orígenes “nobles”. Laura tenía una hermana
mayor la cual era la favorita de su padre, debido a que tenía un mejor rendimiento
académico que ella; esta situación generaba una frecuente competencia entre
hermanas. Saliendo bachiller, Laura conoce a Fermín, un joven de veintidós años,
hijo de una señora de procedencia aymara y un padre camionero, a pesar de poseer
un buen nivel económico, se trataba de una familia de un nivel social diferente al de
Laura. Al poco tiempo de salir juntos, la muchacha se embaraza. Anuncia en su
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casa el intenso amor que sentía por Fermín y sus deseos de contraer matrimonio
con el muchacho. La familia de Laura reacciona negativamente y el padre obliga a
que su hija tenga un aborto, después del cual envían a la muchacha a Buenos Aires,
entregando mucho dinero a la familia de Fermín para apartarlo de su hija. Al cabo
de un año, los padres de Laura reciben la fotografía de su nieto, pues Laura y
Fermín se habían casado en la Argentina. Vivieron dos años en aquel país, hasta
que sobrevino la crisis económica, y decidieron retornar a Bolivia. La presencia del
nieto, apaciguó la ira de la familia de Laura, aunque jamás aceptaron al yerno. La
pareja tuvo que vivir en la casa de la familia de Fermín, en la que las costumbres
eran muy diferentes a las que tenía la joven. Las fiestas eran frecuentes, el
machismo dirigía la forma de relacionarse dentro del contexto familiar. Fermín
empezó a criticar los modales de su esposa, y a exigirle que deje de visitar a sus
padres. Además, le señala, que su madre es más experta que ella en la educación
del hijo. Fermín terminó de estudiar Auditoria y al poco tiempo empieza a trabajar
en una institución bancaria, mientras que Laura se queda en casa ayudando a su
suegra en los quehaceres de la casa. Una noche, Fermín llega a casa y no
encuentra a su esposa, ésta había ido de visita a casa de sus padres. Cuando
retornó, su esposo le propinó una paliza, reclamándole la falta de consideración
con su hijo. A partir de ese momento, el maltrato se hizo casi cotidiano. Después de
un tiempo, Laura se embaraza nuevamente, nace una niña, lo cual fue una
decepción para el esposo, el cual comenzó a mencionar que esa criatura no era hija
suya, achacándole a Laura alguna relación extramatrimonial. Fermín empieza a
salir con una compañera de trabajo, encara a la esposa diciéndole que tiene
derecho, puesto que ella hizo lo mismo. Fue durante esa época que el niño que tenía
seis años manifiesta síntomas encopréticos. Después de una compleja terapia
familiar, Laura reconoce su situación de maltrato y toma la decisión de divorciarse.
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Conclusiones
El que tú seas basta. Y al hecho que yo exista
Déjalo, entre nosotros, que se quede en suspenso.
La realidad es verdad en su propia esfera;
Al fin lo enteramente imaginario incluye
Todos los grados de transformación.
Y aunque fuera el muerto más perdido,
Al tú reconocerme yo existí….
¡Ay, cuánto valoramos lo que es desconocido:
demasiado deprisa se forma un rostro amado
hecho de parecido y contrastes.
Rainer Maria Rilke
La terapia de pareja es la forma de intervención psicológica más difícil,
debido a que el paciente es un ser invisible sentado en una silla vacía entre dos
personas que no saben amarse. El terapeuta debe aprender a ver, escuchar y sentir
aquella voz silenciosa proveniente del vacío conyugal, mientras convence a los
cónyuges en convertirse en cómplices del terapeuta para construir, re construir, de
construir o destruir a la “mariposa negra que vuela entre las sombras oscuras de la
silla vacía”.
La psicoterapia en general y la terapia de pareja en particular, es arte y
ciencia. Arte porque es necesaria la creatividad, improvisación, música y poesía por
parte del terapeuta, y ciencia porque se tiene que tener conocimientos actualizados
acerca de los resultados de las investigaciones sobre la problemática sobre la cual se
está interviniendo.
El requisito indispensable para ser un buen terapeuta de pareja, es haber
aprendido a amar, y tener una relación conyugal propia en la cual pueda vivir
intensamente su felicidad, por supuesto que sólo es posible si el terapeuta se asume
como persona antes que como profesional, y para ello debe estar despojado de su yo
falso. Para perderse en la esencia del alma, es preciso que se haya reflexionado sobre
los mitos familiares y sociales. La terapia de pareja le obligará a trascender los
convencionalismos dejándose guiar por la fuerza del amor, descrita de forma tan
precisa por San Pablo en la Carta a los Corintios (13, 4-7): “El amor es paciente,
servicial y sin envidia. No quiere aparentar ni se hace el importante. No actúa con
bajeza, ni busca su propio interés. El amor no se deja llevar por la ira, sino que
25
olvida las ofensas y perdona. Nunca se alegra de algo injusto y siempre le agrada la
verdad. El amor disculpa todo; todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta.”
En la relación conyugal se concentran todas las cualidades del ser humano: la
pasión carnal, la inteligencia mental, la fe espiritual, y la incertidumbre. El trabajo
con parejas, enriquece profundamente el ser del terapeuta, siente la presencia del
amor como una realidad tangible coincidiendo con la frase de Miguel de Santiago:
“¿quién ha dicho que Dios no está en los besos?” En el contexto terapéutico de
pareja, el entorno inicialmente nebuloso y hediondo por el poder, el miedo, el dolor
y la angustia, se despeja con un sol multicolor que emerge como Afrodita del mar
silencioso de los corazones rotos de los amantes, la noche es reemplazada por un día
primaveral con perfume a rosas, ¡se siente la presencia de Dios!
Mi trabajo me da esa recompensa, sentirme parte de un mundo rebelde,
caótico, trascendente a las inmanencias absurdas de la artificialidad mundana, para
comprender la fuerza del amor, que todo lo puede, y que es simple de lograr. He
aprendido gracias al amor con mi esposa, y a las experiencias terapéuticas con miles
de parejas que han llorado en mis hombros, que amar es simple y llanamente dejar
que la vida sea, el encuentro se da sólo si se acepta nuestra existencia insignificante
comparada con la inmensidad abrumadora del universo misterioso.
No debemos perder el tiempo esperando lo que no nos fue dado, no hay
remedio, no escogimos a nuestros padres, ellos hicieron lo que mejor pudieron por
nosotros. ¡Escogimos a nuestra pareja! Por lo tanto, ella es nuestra prioridad, nuestro
sentido de existir, el ser que nos hace visibles, con el que podemos sentirnos
humanos auténticos, crear, sentir, vivir…Como señala Branden: “el amor romántico
es una relación apasionada, espiritual – emocional – sexual, entre un hombre y una
mujer, que refleja una alta consideración por el valor que tiene la persona del otro”.
Lo que me ha costado comprender, es que, los distintos tipos de
psicopatologías conyugales, tuvieron su origen en intentos de amar. Los padres de
cada uno de los cónyuges en algún instante de su relación creyeron en la posibilidad
del amor, aunque confundieron sentimientos, el fruto de ese encuentro es el hijo o la
hija que esperanzados, se lanzan a una aventura amorosa para reproducir o evitar
copiar lo que vieron como matrimonio entre sus padres.
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Cuando las personas colusionadas, colisionadas y/o complementarias,
comprender que no saben amar porque no fueron amados, se sienten tentadas a
exponer el odio hacia sus padres, situación que bien sabemos fue aprovechada por el
psicoanálisis para justificar una teoría fruto de los resentimientos no resueltos del
propio Freud. Pero con los recursos filosóficos de la terapia sistémica y la terapia
narrativa, las personas entienden que sus padres fueron víctimas del fracaso amoroso
de sus propios padres, y entonces perdonan. Y cuando lo hacen reconocen (¡en todos
los casos!), que sus padres les dejaron algún valor humano, aunque sea el más
nimio, pero siempre es la semilla que hace brotar la rosa en el asfalto, y lloran
porque al fin pueden agradecerle algo a aquella madre o al padre “malvado”.
Siguiendo el pensamiento católico de Tolkien, enraizado en la teología de
San Agustín: no existen personas malas, Dios no crea el mal, todo lo que crea es
bueno; el poder es el que corrompe al bien y lo transforma en maldad. El mal es la
cáscara podrida que esconde el fruto dulce del amor. Descascarar ese fruto es la
labor del terapeuta.
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